Translate

viernes, 25 de diciembre de 2020

Pérdida

Me da ansiedad.

Tuve ataques, leves y fuertes, por muchos motivos. No podría enumerarlos, no me atrevería, pero de vos sí puedo hablar.
No sé cómo lo haces.
Día a día me demostraste que no quedaba nada, que ya nos teníamos que ir. Que dejar.
Con un dolor que me partía el pecho, te hice caso. Te dejé, todos los días. El lunes me olvidé los piropos que me decías. El martes repetí todo el día cada cosa que hiciste que me dolió. El miércoles no recordé tu perfume. El jueves olvidé el calor de tu pecho. El viernes tomé cerveza y me obligué a ni siquiera ver tus fotos en Instagram. El sábado y el vino me hicieron llorar porque ya no te conocía. El domingo la resaca no fue sólo por alcohol.

Al tiempo, verte por fotos ya no me angustiaba, te sentía desconocido. Me sentía ajena a nosotros, ya no recordaba lo que era amarte. Tenía una sensación extraña, como si le mostraras la foto de un conocido a alguien que perdió la memoria, y sabe que el de la imagen es un ser querido, pero no puede ni pronunciar su nombre.
Con ese gusto amargo a amnesia, seguí mis días.

Nos vimos otra vez, y estuve en modo avión hasta que volví a mi casa.
Estuvimos juntos, nos reímos de las mismas pendejadas de siempre.
Me viste jugar con el agua, te dí ternura, sonreíste y me pegaste a tu pecho mientras me sostenías acurrucada. Me diste besos en la frente, me hacías mimos. Buscaste mis besos después de mucho tiempo.
Pensé "qué hermoso momento... Si siguiera enamorada".

Nos fuimos a dormir, te trataba casi como a un amigo. Me acomodo de costado, lejos de tu cuerpo. "Vení a dormir acá" me dijiste. Con vergüenza, acepté. Tardé unos minutos, pero volví a la posición que tanto disfruté cuando te amaba: mi cabeza en tu pecho, mi brazo rodeando tu panza y mi pierna sobre la tuya.
Sí, por si no quedaba claro, mi lugar favorito era tu pecho.
La música fue justa. Me fui quedando dormida. Mi último pensamiento fue "qué linda imagen".
Me despertaba cada dos horas y seguíamos pegados, como la primer noche que dormimos juntos.

Nos fuimos rápido, apuré yo, pero antes te pedí sacarte una foto: estabas acurrucado en mis piernas mientras te hacía mimos en el pelo. La tengo todavía. Me mueve todavía.

Un beso de despedida. Chau.

Le cuento a mi amiga, le digo que no me sentía como antes. Mientras le relato la noche, empiezo a entender que te ví. Y poco a poco recupero la memoria. Y me da ansiedad. Te quiero ver de nuevo, necesito abrazarte de nuevo. Esta vez prestándote atención.
Me pongo a llorar, se me acelera el corazón.
Le pediría un abrazo a alguien, pero ninguno sería el tuyo.

No sé cómo haces, porque yo te había hecho caso. Te dejé todos los días, pero te veo y te recupero. No sé que tengo sed de vos, hasta que te tengo en frente.

Hay algo muy diferente entre nosotros, y eso no hay que negarlo. No es un cambio positivo, de hecho me entristece.
Pero logras que me dé taquicardia de sólo pensar que no te voy a abrazar más.

Siempre volvemos a nosotros. De maneras raras y no convencionales.
Sólo te pido que calmes mi ansiedad, viéndome una vez más.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Carta para ellas

Tengo dieciséis años, y desde los catorce que veo caminar por el colegio al pibe que me movió el piso. Desde los catorce le hablo por Facebook (al principio era todos los días, después me propuse que sea cada día por medio pensando que eso iba a disminuir lo mucho que se notaba que me gustaba). Intentaba cruzármelo en cualquier recreo, o ir al baño cuando sabía que él se iba a retirar antes así lo interceptaba en algún pasillo para poder sonreírle. 

A mis quince años nos besamos por primera vez. Fue de esos besos que te erizan la piel, donde sentís que estás con la persona correcta en el momento indicado, y que todo el resto del mundo frenó para verlos encontrarse.

Al año siguiente, donde ya tenía mis mencionados dieciséis, salimos por primera vez en una cita, la cual desembocó en un noviazgo de tres meses. Me sentía realizada. Luego de dos años de perseverancia e intentar que me viera, me vio. Y me miró con ojos de enamorado. Hasta me susurró en el oído "gracias por hacerme feliz" sentados en las butacas de la sala, mientras esperábamos que empiece la película.

Poco a poco, en ese breve ciclo, la relación perdía fortaleza y aquel sueño que yo tenía de crecer junto a él se desvanecía en cada discusión. Decidimos separarnos. Nos extrañamos, pensamos en volver y no lo concretamos porque no queríamos lastimarnos más. Nos juntamos a hablar, nos pedimos disculpas por ser inmaduros. Nos abrazamos pensando un "te amo" que no se dijo, pero se sintió. 

Él se puso en pareja, un año y algunos meses después. Están juntos hasta el día de hoy, lo cual nos da un vínculo de tres años aproximadamente. 

Dos años lo anhelé, y lo disfruté tres meses. Llegó alguien más, se interesó en pocos meses y lo disfruta durante años. Ironías de la vida.


Tengo dieciocho años y conozco a quien va a ser, probablemente, uno de los amores más fuertes que experimenté en mi vida. Lo vi por primera vez en el festejo de mi cumpleaños, donde me invitó un trago de tequila que no consumí por miedo a terminar muy ebria, y me miró insinuando que, cada vez que yo clavaba mis ojos en los suyos, la química se nos iba de las manos.

Lo llevé a una pared al lado del parlante, nos mimetizamos en un beso pasional. Este tipo de besos se suelen dar cuando extrañaste mucho a una persona, lo cual lo hacía más raro aún, porque era la primera vez que nos veíamos. Sin querer, estuve toda la noche ahí. En ese beso. Riéndonos, bailando pegados, mirándonos con el deseo y la picardía que una transita cuando siente confianza en lo que está viviendo.

Al día siguiente hablamos desde la tarde hasta la mañana del día siguiente, sin parar. Nos decíamos que sentíamos que nos conocíamos desde hacía meses. Fluía todo como se supone que debe hacerlo.

Comenzamos a salir, cada cita era mejor que la anterior. A las tres semanas de conocernos me preguntó si me iría una semana con él a un hotel así estábamos solos. Sin dudarlo, le contesté que sí.

Nunca lo hicimos.

Emergieron los problemas cuando me recuerda que hacía pocas semanas había finalizado una relación de tres años, y que todavía no estaba estabilizado. Lo comprendí, y le expresé mis ganas de ponerle un "fin" a esto que estábamos creando, porque no quería que nos lastimemos.

La magia que había era innegable, y nos volvimos a ver. No pensamos que iba a ser el principio de una relación turbulenta.

Así como cortamos y volvimos esa primera vez, pasó unas cuarenta más. Él sacó a relucir sus inseguridades, yo las mías. y nos enredamos en una relación tóxica. Me repetía lo mucho que aborrecía la idea de estar de novio, que no estaba interesado, pero que me quería y no me quería perder. Yo insistía en que lo amaba, y daba todo de mi para hacerlo sentir seguro, tranquilo. Amado.

Nos separamos al año de estar juntos. Un año de intranquilidad, mucho amor reprimido y frustración. No me tomé en serio la última separación. Apostaba lo que sea a que íbamos a volver.

Al mes, se puso en pareja con otra mujer. 

La llevó a su casa a conocer a sus padres al mes de estar con ella, conmigo fue diferente. Los conocí casi sin querer, en una escabullida en su casa. A los ocho meses de estar juntos.

Se puso de novio, eso que tanto aborrecía. Le dijo "te amo", eso que nunca me regaló y yo tanto esperaba. Estuvieron dos años juntos. Se fueron de vacaciones.

Una ironía más.


Tengo veinte años y escucho la risa del flaco que me va a enseñar cómo me tienen que amar. Lo escucho al fondo de la clase, nos inscribimos al mismo curso. 

Mis veinte años fueron complejos para mí, tenía autoestima muy baja y atravesé un trauma del cual me costó mucho tiempo recuperarme. Dicho esto, entenderán por qué me gustó y no me animaba a hablarle.

El día que pensé en decirle si quería que hagamos la tarea en grupo juntos, él se me adelantó y me hizo esa pregunta al salir del seminario. Le dije que sí.

Nos vimos, y luego de risas y cervezas, abrazados en su cama viendo Friends, nos dimos el primer beso. Este fue distinto, me hizo sentir segura. 

En un viaje en subte me cuenta que hace poco terminó una relación de cinco años, con una chica con la que estaba casi comprometido, y se habían ido a España a vivir juntos, pero no funcionó. Escucho esto, me acuerdo de aquel chico que conocí a mis dieciocho, y bloqueo mis sentimientos. Nos dejamos de ver.

A los meses decide irse a vivir a España, de nuevo, pero esta vez solo. Al poco tiempo de estar allá, me confiesa vía Instagram que yo le gustaba, y que le hubiera encantado que tengamos una historia juntos.

Sin querer, empezamos a hablar todos los días. Así fue cómo formamos una relación a distancia de un año. Con nuestros términos, nuestros límites y libertades, y con todas nuestras ganas de cumplir nuestro objetivo: probar una vida juntos allá. Escribiendo esto entiendo que quizás él estaba más enamorado de la idea que de mí, pero no me voy a centrar en eso todavía. Me amó, de eso estoy segura.

Me llenó de halagos, me hizo entender cómo me tiene que tratar un hombre. 

Nos separamos al año, ya no daba para más.

Al tiempo expresa en Twitter lo mucho que extraña a su ex, y cómo siente que ella es el amor de su vida.

Última ironía.


Por eso escribo esto, para hablarles a ellas.

¿Cómo están? Sinceramente, no sé si saben de mi, ni qué versión habrán escuchado de los hechos. Les quiero expresar mi curiosidad, ya que mi imaginación y yo necesitamos confirmar si todo aquello a lo que nos aferramos, era real.

Para la mujer que ahora se encuentra con el chico de mis dieciséis: ¿Te contó de aquella vez que su papá intentó enseñarle andar en bici? ¿O era en auto? Ya casi no recuerdo... Lo que sí tengo fresco en la memoria es su cara mientras me contaba esa parte de él.

¿Se sientan a ver un programa de caídas graciosas cuando terminan de merendar? ¿Te hizo probar su chocolatada especial? Es esa donde pone tres cucharadas de Nesquick, un poco de leche, y bate. Luego de poner la que falta, le agrega un hielo y utiliza la minipimer para batir todo. Le gustaba prepararla en el verano, y quedaba riquísima. O quizás la preparó sólo en verano porque fue la única estación del año que pudimos compartir.

¿Te regala un bon o bon cuando te enojas con él?

Contame, ¿es como lo imaginé? ¿Te hace reír cuando estás teniendo días pésimos? Cuando se enoja, ¿mueve las cejas y achica su boca en un intento de expresar su descontento? ¿Tienen chistes que sólo ustedes entienden? ¿Te dice tu nombre con diminutivo, como hacía conmigo?

Lo más importante... ¿Te hace sentir que ganaste un premio? ¿Te mira como si vos fueses el suyo?


Para la mujer que estuvo con el chico de mis dieciocho: ¿Te trató bien? ¿Te llevaste bien con su papá? Es que su viejo es un amor, siempre te ofrece algo para comer, o te hace reír cuando te ve callada. ¿Te llevaste bien con su familia? ¿Te sentiste bien cuando te pidió ser tu novio? ¿Te dio esa seguridad?

Si está triste o agobiado, tenes que acostarlo en tu pecho y hacerle mimos en el pelo y pequeños masajes en la sien. Eso le hacía su abuela cuando era más chico y lo relajaba. Me lo confesó una de las pocas noches en las que eligió ser transparente conmigo, y enamorarme un poco más.

Igual seguro lo hiciste. Lo disfrutaste desde el lado que yo no pude.

Intenté eliminar esos fantasmas que lo asustaban, le expliqué que ese lugar donde lo lastimaban no existía más, que podía sentirse seguro conmigo. No me creyó, o no me quiso creer. Lo abracé en cada mal humor, acepté cada parte oscura y la amé. "Ámame cuando menos lo merezca, será cuando más lo necesite". Yo estaba dispuesta a demostrarle que yo podía ser su lugar tranquilo para estar. Para ser.

Lo vi suelto mientras estaba con vos. Te dijo que te amaba, ¿eso cómo se sintió? ¿Se te infló el pecho como cuando concretas un objetivo, o para vos es normal que alguien así de especial te ame?

Me imaginé muchos momentos con él que no se hicieron realidad, como cuando me miró a los ojos, me hizo un mimo en la cara y con esa expresión de magia que me hizo la primera noche que nos vimos, me decía que me amaba.

Sí, nunca pasó.

¿Cómo fue convivir con él? ¿Te enseñó qué es ser "línea" y "jungla" en el League of Legends? ¿Lo fuiste a ver jugar al fútbol? Juega muy bien. Si fuiste, espero que no hayas mirado el celu durante el partido. A él no le gusta eso. Le gusta saber que lo estás mirando, porque quiere mostrar lo que puede hacer mientras practica el deporte que ama. Ojalá le hayas dado esa atención.

Deseo que te haya tratado bien, que no haya sido en nada como fue conmigo. ¿Te protegió? ¿Cuidó tus sentimientos? ¿Hizo hasta lo imposible para verte feliz?



Y por último, me dirijo a la mujer que, aparentemente, es el amor de la vida del flaco de la risa contagiosa de mis veinte: ¿Vas a volver? ¿Vas a permitirte tener una vida junto a él? 

Quizás tus zapatos me quedaron grandes. O usamos distinto calzado. Yo fui con zapatillas deportivas, pero tal vez su estilo es verte llegar a vos en tacos.

Yo planifiqué un futuro con él también. Nos prometimos muchas cosas. Empezamos queriendo vivir en España, después en Roma, después no sabíamos dónde pero estábamos seguros de querer estar juntos en algún lugar de Europa. Me dijo que quería tres hijos: León, Sol y Bautista. Me envió una foto de la playa Elafonisi - Grecia, y me dijo que ahí le gustaría pedirme que me case con él. Me ilusioné, me acomodé en esos escenarios, pero no era yo la que debía protagonizar esa película. Me entristece sentir que llegué tarde. Que nadie puede generarle lo que vos le hiciste a ese corazón.

Lo disfrutaste durante cinco años, y no te culpo. Su forma de abrazar por las noches es adictiva. Está ese otro momento donde te relata cómo fue que empezó a ser hincha de Atlanta y cómo el abuelo lo empezó a llevar a la cancha para ver los partidos. Ahí se ilumina. Si me daban a elegir, también lo hubiese acompañado por años. Cuando te quiere amar, te da un cariño que no te dan ganas de irte nunca más. Te rodea, te relaja y te cuida.

Si volves, quedate. Dejalo que te muestre a sus raperos favoritos, analiza con él las letras de las canciones de Acru. Pedile que te prepare capelettinis con la salsa que él sabe cocinar. 

Si volves, no te vayas. Te extrañó mucho. 


A las tres les consulto: ¿Qué se siente haber sido las elegidas por los tres hombres que amé en mi vida?


jueves, 3 de septiembre de 2020

Mi plantel

 "It would've been fun, if you would've been the one" me canta Taylor Swift en los auriculares. Quiere decir "hubiera sido divertido si hubieras sido el indicado". Nunca fui amiga de las hipótesis. O sea sí, pero no. Las visité, pero me dañan. Sobretodo porque les creo hasta que la realidad me da un bife en la cara... Y acá más o menos que fue igual.

Me entretengo imaginando porque es el paso que le antecede a proyectar, y proyectar es el paso que le antecede a vivir. Cuántos escalones para vivir, ¿no? Pero ahí iba yo. Dibujando con la mente todos los momentos que quise pasar a su lado, idealizando lo felices que íbamos a ser una vez que nos tengamos frente a frente. Esa mirada que tanto esperaba, esa que se suponía que tendríamos el día que nos reencontremos, y yo me sienta tranquila de decir "es por acá". Y así fue, le aposté a ese caballo con todas mis fuerzas. Estaba atenta al cuidado del mismo, a los competidores de la carrera, a la admiración que me provocaba la simple idea de que me traiga el trofeo. El caballo no era él, éramos nosotros. El nosotros ilusorio.


La soga que nos mantenía juntos, iba y venía. Mucho viento y precipicio, pero desde ese lugar tan alto yo veía que, si hacíamos fuerza los dos, arriba nos esperaba el mejor de los masajes. "¿Quién podría cansarse, sabiendo que está a cien pasos del placer?" Pensaba yo. 

Algo interesante de la cornisa, son los puntos de vista. Aseguro haber visto lo mencionado, pero él veía nubes, una escala sin fin. Su cuerpo mantenía el coraje, pero su pecho quería volver. Con motivos borrosos, enredados en negación, su inconsciente le gritaba que deje de subir.

Noté que me apartaba la mirada, y le dije que era libre de bajar si quería. Aún sin mirarme, aceptó y comenzó a descender. Me invadió el llanto, pero yo quería seguir subiendo, porque sabía que allá me esperaba el resultado de tanto esfuerzo y aprendizaje. No se lo hice saber. Para él, bajamos los dos, pero yo seguí subiendo.

Mientras él bajaba, se encontró con otra compañera que lo hizo reír. Se entusiasmó, se sintió renovado de energías, y comenzó a subir nuevamente.

En mis manotazos tristes intentando subir (ya no éramos dos haciendo fuerza, estaba sólo yo), escucho su risa y pierdo el equilibrio. Logro sostenerme rápidamente, pero me quedo mirando para abajo. Lo veo subir acompañado y el pecho me grita "hasta acá llego yo". Confundida, espero que suba un poco más para verlo con más claridad. 

Él levantó la vista y quedó paralizado. No esperaba encontrarme ahí, nos habíamos despedido hacía unos metros.

Incómodos, retomamos charla. Cómo fue que había decidido volver a subir, por qué yo nunca bajé. "¿Por qué no subió solo, si yo estaba acá?" Pensaba yo.

Nos reímos. Otra vez era yo la privilegiada por escuchar esa carcajada. Encontramos un pequeño espacio en esa montaña, y nos sentamos a mirar el paisaje por un momento. No queríamos pensar si subir o bajar. En ese instante, con esa vista y ese abrazo, había paz. 

Llegó la noche y nos dormimos acurrucados. Primera noche que pasamos juntos. Cada vez que yo despertaba en la madrugada, estábamos buscando una nueva forma de abrazarnos.

Me emocionaba. Todo lo que yo había imaginado por tanto tiempo, lo estaba teniendo. Le dí todos los besos que no pude en esa distancia que nos impedía saber si podíamos ser un buen equipo. Le serví los mejores mimos de mi colección, sutiles, acompañados de besos en la frente. Lo miraba, agradecida.

Estuvimos cuatro días en ese pequeño lugar. Yo, buscaba cómo hacer más cómoda nuestra cucha. Él, se estaba preparando para bajar otra vez. ¿El problema? No me avisó. Volteé a proponerle una caminata por la tarde, y ya no estaba.

El vacío del adiós que nunca se presentó. 

Estaba aturdida. La tormenta de dudas ya me estaba acorralando y yo lagrimeaba y preguntaba "¿qué pasó?"

No me bajé de esa cueva por varios días. Escuchando música o en silencio, me visitaban nuestros recuerdos comiendo, riendo o hablando de fútbol en ese lugar recóndito de la montaña. Aquel sitio donde no hacía falta preguntar qué hacíamos después, simplemente nos despertábamos y todo estaba bien. Me sentía bien a su lado. No puedo hablar por él, sólo tengo hipótesis. Las malditas hipótesis.

Habíamos conformado memorias. Pocas, para la cantidad de cosas que tenía en mente realizar con él, pero al menos teníamos nuevas. Y ya son once los días en que planeamos vernos. De 365 días que imaginé tenerlo junto a mi, creciendo codo a codo, sólo tuvimos once. No me cerraban los porcentajes por ningún lado.

Si quiero reírme un rato para controlar la canilla de lágrimas, digo que fueron los once titulares de mi equipo. Nuestro equipo. 

No creo que fichemos nuevos jugadores. Hace ya un tiempo que no sé de él.

Por mi parte, de esos once, tengo los últimos cuatro en repetición y cámara lenta en mi mente. Me acompañan, me entristecen, me hacen ver el amor como algo muy cercano y lejano a la vez.

Nos manejábamos siendo un "casi" constantemente, porque lo único que nos mantenía de pie era proyectar, pero no experimentamos mucho. Tuvimos más conversaciones mentales que reales.

Aún así, esas últimas cuatro me hicieron creer que podía cambiar el panorama. 

"Hubiera sido divertido si hubieras sido el indicado" me canta Taylor Swift en los auriculares. Intento comprender por qué, pero la respuesta la tiene él, y por algún motivo no me la quiso decir. 

En mi mente siempre fuimos lo mejor, y los últimos cuatro me estaban dando la razón, hasta que se fue.

No dejo de pensar en qué hubiera pasado si seguíamos fluyendo, si seguíamos animándonos a sentir tanto, pero de nada sirve tener ganas de escalar en compañía, si la otra persona... Simplemente no quiso escalar con vos.

Me sigue cantando Taylor Swift en los auriculares.

Algunos dicen que él no se animó a seguir subiendo. Otros, opinan que sus ganas de escalar se quedaron con otra persona allá abajo, en la tierra.

Yo me quedé esperando un regreso, con cualquier excusa, pero la cueva se empezó a poner fría.

Bajar, resguardarme en aquel sitio, subir.

¿Dónde pensás que estoy ahora?

miércoles, 22 de julio de 2020

Bien querido

20-06-2020

Qué lindo que era decirte amor. Lo extraño, sí. Tu nombre te identifica pero ay, decirte amor... Era personificar un sentir. Todo eso que muestran en las películas llenas de idealizaciones, donde todo sale bien y no paras de reír. Todo eso que vemos en la vida real, las fallas y los aciertos que hacen de nuestros días un motivo para proyectar. El lugar de calma y locura en su medida justa. Decirte amor, era mi forma de hacer tangible mis anhelos.
Decirte amor, era saber que todo lo lindo y sano estaba en vos.
Tu nombre es hermoso, fui fan de decirlo mil veces, pero qué lindo te quedaba el "amor". Y sin comillas cambia la oración, pero también te quedaba lindo.
Nos quedaba re lindo amarnos.
Fuimos directo a lo serio y nos faltó jugar un poco al noviazgo.
Quizás podemos arrancar el partido ahora, ya puse ambos joystick.
Qué se yo, te extrañé mucho como para no reencontrarte.
Aún te extraño.
Te queda lindo quererme.
Me queda lindo quererte.
Nos queda lindo reírnos.
¿No ves que te queda lindo el amor?

sábado, 6 de junio de 2020

Legos

Ufff podemos jugar a muchas cosas, eh. Si querés jugamos a las coincidencias. Vos me decís que te gusta la pizza, yo te digo que a mi también y empiezo a flashear que estamos destinados a ser.
Si querés jugamos a las idealizaciones. Me mandas una selfie desayunando y te digo que no existe nadie más lindo que vos.
También podemos jugar al yo me acuerdo.
Vos me contas algo que te haya gustado de chico, y yo muevo todo mi calendario para conseguirlo y regalártelo.
Y como toque final, antes de ir a dormir podemos jugar un rato a imaginarnos. Estamos en cuarentena, pero yo te armo el diálogo como si estuviéramos bajo el mismo techo. Hasta te pido que me prestes una remera para dormir, e indudablemente nos vamos a imaginar tapándonos hasta la nuca y cuchareando. Todo bien cursi.
Te propongo estos juegos, hasta que te los creas.
Hasta que sea el famoso "era joda y quedó".
Que haya coincidencias hasta en las diferencias. Que las idealizaciones pasen a ser un "te elijo". Que acordarme de algo que te marcó no sea para impresionarte, sino porque me importa cómo estás.
Y, por último, que realmente me prestes tu remera para dormir, y podamos acostarnos juntos pensando "al fin".

sábado, 9 de mayo de 2020

Cinco minutos más

No te despiertes que me voy. Quedate un rato más en la cama. Si querés no hablamos, nos podemos hacer los dormidos, pero si te despertas me voy a tener que ir.
No me quiero ir. Me tengo que ir por tu bien, pero no lo quiero hacer.
Sí, la situación nos la complicó el doble y pensamos ser caos hace 6 horas. En ese bardo de palabras y confesiones, nos vimos. Nos tocó el ego y la fantasía no habernos mostrado un toque más enteros, medio que quisimos tirar el tablero, pero ahí estuvimos.
Hace tiempo escribí "no hay acto más sincero que el espontáneo". En este caso, nuestro impulso fue contarnos las malas y las peores antes de saber nuestros nombres. ¿Quién puede decir si estuvo bien o mal?
Yo pensé que te lastimé al escuchar, vos pensaste que me lastimaste al hablar. Y viceversa.
Ahí nació la culpa, pero no por el otro. La culpa que sentimos por vernos rotos, más que por mostrarnos de ese modo.
La culpa de sentirnos incapaces de apagar esta radio que desde hace meses nos pasa publicidad de angustias y tristezas.
Ahí también nació otra perspectiva. Ni yo sentí mal verte vulnerable, ni vos conmigo. De todas formas, había culpa.
¿Cómo explicarte que no fue terremoto el supuesto sismo?
Acá me visita la incertidumbre, agarrada de la mano con mis ganas.
Si lloré fue por no poder abrazarte.
En el abrazo estaba todo. Era lo que más necesitaba cada uno y ninguno se atrevió a pedir... Hasta que me tuve que ir. Casi al unísono lo solicitamos. Un abrazo fuerte, que no quería oler a despedida. Te quiero, te quiero.
Y así como te quiero, dibujo formas de seguir presente.
Pagaste la entrada porque el trailer te gustó, y ahora tenés miedo de ver la película.
Vení, entra conmigo al cine. Traje los pochoclos.

lunes, 30 de marzo de 2020

Algún chat: despedime en un consejo.


- 23 de mayo 2019 -

Quizás me dolió en el momento, pero porque no entendía qué había pasado, pero uno crece y entiende que todo pasa por algo. A veces no es el momento, a veces no tiene que pasar.
Yo sé que no hubo malas intenciones de tu parte, eso se percibe al toque y me di cuenta. Pero que después de tanto tiempo reconozcas tu equivocación me pone contenta.
Estoy mambeada por lo afectados que estamos en cuanto a las relaciones afectivas ya sean amorosas, amistosas o familiares y lo alejados que estamos, cómo le damos bola a las boludeces en lugar de buscarnos en paz.
Entonces cosas como ésta me alegran.

Si querés hacer todo eso que me contás para tu vida, hacelo. Hay que lograr que el miedo sea constructivo y que no paralice. Sobre todo, para alguien que tiene una esencia tan abierta y emocional. Salga como salga, vas a volver cambiado, y está en vos que ese cambio sea constructivo.
La zona de confort suele tener eso, no te querés ir; pero no pensas que, si te vas, al volver va a seguir estando ahí, sin cambios, el que va a cambiar sos vos y vas a hacer de esa zona algo totalmente distinto.
Animate a más, siempre donde te sientas con ganas, hay chances. De lo que sea.
Te deseo lo mejor, que te sientas bien con vos mismo en cualquier aspecto y decisión que tomes. Y en lo que te equivoques, que sea aprendizaje. Y disfruta de las pequeñas cosas, que suelen ser las que más nos hacen sentir.

martes, 7 de enero de 2020

Anotame la doble

Y... Medio que me estoy enojando.
Le estoy dando besos en el cachete a la persona equivocada. Le relato mi día a día a unos oídos que no son los que yo quisiera. Me rodean en un abrazo unos brazos quizás sinceros, pero tu magia nadie la tiene.
Me miran con ternura, con ganas de más y yo sólo miro el reloj para saber cuánto falta para verte.
Pido perdón a los ojos no correspondidos, por tener la vista perdida. Enfocada, en realidad. No es que no me atraiga su calor, es que ya sé qué mirada quiero que me acompañe todos los días.
Busco compañía y nunca la encuentro, porque ninguna es la tuya.
Yo sé que el resto para mi es un pasatiempo. Hay que pasar el tiempo hasta que nos toque. Sí, vos y yo vamos a pasar.

¿Y cómo explicas un presentimiento?
Porque siempre que lo intento, me miran como si estuviera mal del bocho.

Me estoy enojando, sí. Porque estamos tardando más de lo que suponía.
No es que estemos llegando tarde a ningún lado, pero cada día que pasa es un día más imaginando y menos viviendo.
¿No te aburrió proyectar y no concretar? Porque a mi sí.
Imagino tantas cosas que, al abrir los ojos y no verte al lado mío, me parte el pecho.
Imaginé años de vivencias riéndome al lado tuyo, y no llegamos (aún) a mirarnos a los ojos desbordando de amor.

Walter Ong (filósofo que mira al ser humano como ser tecnológico) planteaba que la escritura logró plasmar en la realidad, un concepto que sólo existía en la mente.
¿No tenés ganas de saber qué escritura es la que nos traiga a la realidad? Porque en mi mente ya existimos, y si la escritura es abrir la puerta a esa vida, te tengo listo un libro con gustito a secuela.
Si escribir significa que seamos un hecho, ya preparé mis muñecas durante años.

Me perdí muchos abrazos por miedo, tantos que si te tengo en frente mío no te suelto más.

Muchos dicen que, donde querés contar eso bueno que te pasó en el día, ahí es. Acá es, pero no por eso. No te quiero contar sólo las buenas. Te contaría las malas, las raras, lo que soñé anoche y lo que quiero vivir mañana.
Quiero la pura realidad al lado tuyo, y que el cuento lo dibujemos nosotros.

Ahora me enojé. Vos y yo vamos a suceder.