Un integrante de mi familia es conocido por su gran capacidad de análisis, tanto interna como externa. Fue pionero en priorizarse individualmente, lo que causó contagio en algunos de nosotros. Recuerdo haberle dicho que admiraba su capacidad de redirección: donde otros no encontraban motivos para moverse debido a algún dolor, él utilizaba esa misma emoción para hacerse preguntas. Nuevas y repetidas.
Podría decir que nos diferenciamos en ese punto, ya que me rijo más por lo emocional, pero sí aprendí de su evolución. No tanto en los momentos en los que coincidimos, sino en las veces que me animé a contradecirlo, porque pude crear mis propios argumentos, basados en mis reglas. Encontramos que había un gris siempre que conversábamos, y entendimos que cualquier exceso es dañino. Una persona completamente racional se vuelve incapaz de sentir; una persona absorbida por sus sentimientos se vuelve incapaz de razonar.
La primera vez que lo contradije fue en una de las tantas charlas que se generaron a raíz de la cuarentena. Él sostenía la importancia de movilizarse con autonomía y que para poder entregarse a cualquier vínculo (familiar, amoroso, de amistad), uno tenía que ordenarse primordialmente. Le di la razón, y luego de unos meses exploté. Fue, quizás, uno de los momentos más importantes de mi vida. Había pasado más de 90 días analizándome, redescubriéndome después de varios años de estar a disposición de los demás, y encontré tantas cosas que entendí que iba a seguir haciéndolo. Que no soy sólo la parte que muestro en soledad, sino también aquello que se despierta en mí cuando hay un intercambio. A medida que fui reconstruyendo mis nuevas definiciones de mi "yo", fui a confrontarlo. Enojada y con mucha angustia dentro, le dije que no es cierto que nos necesitemos enteros para vincularnos con un otro. Nadie está entero, todos lidiamos con desafíos y cuestionamientos, y ese es el verdadero juego. ¿De qué sirve salir campeón de un juego donde todos los niveles eran a prueba de niños de 3 años? Ni un enemigo, ruta compleja ni pisos que se caigan. ¿A quién le puede entretener lo conocido? Es monótono, llano.
Dos años después lo hablé en terapia, profundizando mi autodescubrimiento. Mi psicóloga me planteó el concepto de la traición del control. En aquel momento yo tenía ataques de ansiedad, lo que derivaba en preguntas sin fin, sobrepensar escenarios y terminaba los días con un cansancio insoportable. No quería que me sorprendiera algo negativo, intenté estar un paso adelante de todo después de haber sufrido. Indagó en ciertos lugares y descubrí que mi deseo de control no nacía de querer saber sobre los demás, sino de querer saber sobre mí. Mi taquicardia no se debía al silencio del otro, sino al propio. Me dio como tarea enumerar las cosas que yo quería decir en voz alta y no me atrevía, y al leerlas, lloré con alivio. Filosofamos sobre la seguridad y lo que significaba para cada una, llegando a una conclusión que me acompaña desde entonces: No se trata de evitar un conflicto, sino de confiar en que uno tiene las capacidades para atravesarlo.
No es cierto que nos necesitemos enteros para vincularnos, lo que sí necesitamos entera es la confianza propia. La certeza de que, sea el conflicto que sea, vamos a contar con la habilidad para resolverlo. Y si descubrimos que no teníamos las herramientas, aprender a pedirlas.
Robert Louis Stevenson, autor de "El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde", escribió: "Quiéreme cuando menos lo merezca, será cuando más lo necesite."
La usé como principal sostén de mi argumento y desarrollé que este integrante no sólo no estaba completo como vociferaba que había que estarlo, sino que él amaba a personas que tampoco lo estaban. Y eso es lo que marcaba la diferencia: hay aprendizajes que sólo se ganan siendo atravesados por el amor. El mayor exponente de lo irracional.
Hay saltos de fe que demandan ser realizados, y la única forma de disfrutar el vértigo es confiando en nuestra propia capacidad de caer con estilo.
Relacionarse es, sin más, contribuir al crecimiento mutuo e individual.
¡Saquemos belleza de este caos!
Y quizás el día menos esperado... ¡en una risa nos volvamos a encontrar!
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jueves, 27 de agosto de 2026
Razón o zoronca
domingo, 23 de agosto de 2026
La excepción y su regla
Hace unos años, cuatro para ser exacta, empecé a cuestionarme la figura de la mentira y su repercusión. El valor que le daba mi entorno, por ende que heredé, y el valor que realmente le quería dar. Firme en mis principios, aseguraba ser una persona honesta y pretendía que lo fueran conmigo. Tal vez fue el requisito más implícito que implementé, ya que confiaba ciegamente en que no lo harían. Según mi lectura, no había necesidad de enemistarse con la verdad.
Cuando me enfrenté cara a cara con la mentira de alguien que me prometió durante 30 días estar diciendo la verdad, mi sistema de creencias fue completamente desarmado. Repasé conversaciones, gestos faciales de quien me sostenía la mirada mientras hilaba la mentira más floja de papeles en su haber, confiado en que yo le creería. Pensé: Si mirándome a los ojos logran tomar la decisión de privarme de una verdad en nombre del amor, ¿qué le queda a lo demás? ¿Realmente se escapa de ser engañado? Como si conversar no fuese más que una ruleta rusa, y descubrieras que la bala nunca fue la mentira, siempre fue la verdad.
En aquel entonces tenía 24 años y una ingenuidad que por momentos extraño.
Estos 48 meses de intervalo me llevaron a conversar a diario con estos conceptos, y les fui sacando los colmillos, los cuernos y las garras. Ya no me amenaza como antes la idea de que puedan estar diciéndome algo falso. No deja de ser un miedo, una incógnita, pero no se me pone la piel de punta cuando considero esa posibilidad.
Enumeré mis propias mentiras para entender que yo no era ajena al arma a la que le temía, y que todos mentimos más de lo que pensamos.
Me planteé de qué trata una verdad, para mí y para la otra persona. Encontré que no es la regla; suele ser más la excepción, lo cual la convierte en decisión.
Pocas cosas se comparan con la sensación de estar al volante, con la noción de hacia dónde te dirigís. Decidir, en cualquier contexto, me lleva a ese sentimiento.
No evito la mentira porque sea moralmente correcto, sino que elijo compartir mi verdad con quien veo que le importa. Con quien entiende que no siempre va a ser prolija, constructiva o hegemónica. Con quien considera la posibilidad de que esa verdad le ocasione dolor, porque comprende que en mi libertad de compartir transparencia, doy espacio a su libertad de elección.
El hecho de mentir ejerce corrupción, negocia con la responsabilidad y la consecuencia para que no se presenten en tribunales, y se pueda avanzar a otro caso porque no hubo culpables a quienes acusar. Supone una víctima y un victimario, a diferencia de la verdad, que propone dos pares.
Para estar dispuesto al libre albedrío, primero hay que reconocerse preso.
Ambas condiciones se necesitan para existir, y al identificar el concepto de cada una es cuando nos reconocemos como autónomos para el mayor acto de empoderamiento: la decisión.
viernes, 10 de julio de 2026
Herencia sin firma
-En algún rincón de la ciudad, año 2025-
Hace mucho que no escribía. Lo que me relaja de esto es que no se espera que sea bueno, divertido o inteligente. Se supone que es para despertar mi creatividad.
Me puse canciones de Taylor Swift de fondo porque siento que ella hace eso por mí. Me despierta la creatividad, me hace indagar en mis emociones, me hace ver imágenes de una historia que no es mía, pero me atraviesa como si lo fuera. Considero que esa es la verdadera identidad de un poeta.
También creo que un poeta tiene un gran poder de desapego. Aceptan que lo que escriben deja de ser suyo, y permiten que extraños se apropien de sus vivencias, sensaciones y pensamientos. Es por eso que aún no soy una de ellos. Voy en camino, pero sigo atada a mi historia. Tal vez, cuando me anime a trascender, comprenda que si cada palabra pelea por ser escuchada o leída, es porque ya no me pertenece.
Es una dicotomía interesante. ¿Cómo algo que creé yo misma puede no pertenecerme? ¿No existen los derechos de autor para lo intangible?
Sospecho que el único abogado que puede pronunciarse en este tópico soy yo misma. No sé si me acuso o me defiendo. Si merezco pena, o libertad. Aun si fuese aquella profesional, ¿quién sería el juez?
Por eso debo desprenderme de mis anécdotas y aprendizajes. No permitiría que me juzgara un oyente o lector, no me conoce. Aun leyendo lo más íntimo de mi ser, no me conoce, porque no hay profundidad sin superficialidad. Si ambos no funcionan a la par, lo hondo se transforma en parte externa. Y ésta puede ser muy cruda para algo tan vulnerable.
El vacío legal que encuentro es darles todas y cada una de mis palabras. En el precisos instante en que las oigan o lean, ustedes se convierten en dueños de ellas.
Dejarán de ser jueces.
Y nadie se atreve a juzgar con honestidad lo que vive.
jueves, 25 de junio de 2026
El tiempo pasa
-Febrero 2022-
A veces menosprecio lo que siento a cambio de sentir algo de orgullo. Y por momentos me sale muy bien.
Reconocer que no me admirabas como yo a vos fue muy humillante. Intenté evitar que volviera a suceder, y la respuesta más inesperada fue la solución indicada.
Cuando más fuerte me sentí, fue cuando te juré amor incondicional. Ese que está sin esperar nada a cambio.
Porque el error no es esperar, sino olvidar que sos impuntual.
Verte distinto con las mismas actitudes y maldecir a tu ingenio por no prepararte mejor para el reencuentro. Escogiste la constante equivocada. Debías mantener tu esencia, no tu falta de interés ni tu aire impermeable a sentir más de lo esperado.
En lugar de ofrecer un plot twist de seguridad, tiraste la misma carta de siempre.
"Si estás, estoy. Si no estás, podía pasar."
Me dejan pasar como si mi presencia fuera algo cotidiano. Cuando brillo por mi ausencia, entienden el impacto que produce la abstinencia de mi ser.
Ya no tengo paciencia.
Cuando quieran vivir lo exótico de sentir sin previo aviso, espero que se acuerden de nuestra historia.
Amar de manera incondicional no te condena a resignar el amor propio. Lo empodera.
lunes, 25 de agosto de 2025
Una lágrima en el año 23
Sigo acá. Pensándote todos los días, sabiendo que así será el resto de mi vida si es que no te vuelvo a cruzar en el camino. Cuántas cosas pensé sobre vos. Buenas y otras no tanto. Cuántos lugares visitó mi cabeza porque mi corazón le demandaba respuestas, y el raciocinio se quedó sin calma. Cada parte de mí se desorientó.
Tuve que escuchar “Right where you left me” de Taylor Swift para poder empezar a escribir esto. Tantos días de inspiración, y tan pocos momentos de coraje para hacerme cargo de ellos.
Te vi avanzar, te vi dejar. Te vi alejarte, te vi soltar. Yo sigo acá. Inventé una caja con falsas palabras y gestos, y la desparramé en frente tuyo para que vieras mi enojo. Para que sospecharas mi dolor. Para que entendieras lo lastimado que estaba mi amor.
Es muy complejo encontrar un punto medio para que lo que pienso y lo que siento se puedan equilibrar.
Cuánto te extraño. A vos, a mi, a nosotras. Al micromundo que nos creamos y que tanto decoramos, sintiendo que era nuestro hogar. Sigo acá. Las paredes no tienen el mismo color, la electricidad se presenta con menor poder, los recursos son insípidos. Miro los cuadros con las fotos que me regalaste, porque atrás de ellos está tu letra con una pequeña dedicatoria. Tu letra me hace acordar a vos, te hace presente. Trae de nuevo a todas esas mañanas viéndote copiar lo que dictaba un docente. Todas esas tardes creando apuntes para poner en palabras lo que habías aprendido. Todas esas noches en las que volcaste junto a mi, cada sentimiento que tu corazón experimentaba.
Tengo una remera de Adidas que dejaste en mi casa, porque habías decidido que ese sería tu pijama cada vez que vinieras a dormir conmigo. O tal vez lo olvidaste ahí, pero yo quise creer que fue tu lenguaje inconsciente avisándome que ibas a volver.
Todavía no volviste.
No pude volver a colgar las sábanas en el techo, ni conseguí una luz tenue como en aquella cena de tu cumpleaños. Ningún plato de capelettinis supo tan bien como los que estaban condimentados con tus charlas.
Tengo otro anillo de compromiso. Es muy especial, algo te supe contar. El nuestro ya no está. Vi tu mano sin él, y tiré el mío al piso entre lágrimas y enojos. Te obsequié un pedacito del cielo para que te acuerdes lo inmenso que te amo, pero lo tenés guardado en un cajón. Me nublaste.
Todavía te siento. No como solía hacerlo, y asumo que tendrá que ver con el hecho de que vos y yo cambiamos. Separadas. Convirtiéndonos en dos individuales, cuando sólo sabíamos ser par. Y aún en la independencia, tengo la certeza de que nos encontraríamos igual. Nos comentaríamos qué se sintió dejar atrás tanta historia, darle el lugar que le correspondía y abrirle las puertas a lo que vendría. Hablaríamos durante horas sobre cómo esta vida se sintió tantas a la vez. Nos preguntaríamos si seguimos creyendo en las almas, y yo te diría que sí, con el miedo de habitar esa creencia yo sola, y que vos te hayas mudado a otra. Con el rezo de reencontrarte en ella, y hacer las paces con las heridas de este último tiempo.
Releo algunas palabras que te dediqué en varias ocasiones para poder recordar lo única que era tu presencia. Lo cálido que se sentía saber que tu abrazo me esperaba en cualquier rincón del mundo. La satisfacción que recorría mi cuerpo por gozar del privilegio más grande que fue nadar en un amor tan puro.
Quise acercarme con la nostalgia asomándose, superándome, e intenté tentarte con eso. Que te despierte la intriga que yo tengo sobre vos. Que me preguntes cómo estoy, qué lugares estoy recorriendo. Yo todavía me pregunto eso, porque después de tantos días, meses, aún no te crucé caminando por ahí. Me resulta extraño, me dijiste que ahora vivimos en el mismo barrio. Sin embargo, sigo caminando sola.
Reconozco que no salgo mucho. Me acostumbré a lidiar con la duda, y evito la frustración de salir y seguir sin encontrarte.
Es tan contradictorio, porque igual te veo en todas partes. Te siento, te pienso. Estás en los chistes que sé que te causarían gracia, en las fases de la luna que fotografiarías, en la birra roja que cada tanto te dabas el gusto de tomar. Estás en los vinos que no llegamos a compartir, en los lugares con meriendas tentadoras, y en las películas de amor más cliché.
Te encuentro en los mates, en los libros, en la música. En cada experiencia que vivo y quiero contarte, en cada pensamiento que tengo y amago a buscarte. Me hace pensar que vos también seguís acá. Como nos supo enseñar una escritora que tanto nos gustaba: el Sol tarda 8 minutos en dejar de darnos luz y calor. Una vez que se va, tardamos 8 minutos en notarlo. Yo estoy en esos 8 minutos. Espesos. Ruidosos. Silenciosos. Tal vez nos lleve a una charla con la Luna, esa que tanto te gustaba. Mis guías me dicen que tengo que hablar más con el Sol, y ya no tanto con la Luna. Pero vos la amabas tanto… Sé que algo tiene.
Tal vez nunca se trató de que yo intentara descifrar sus fases, ni que vos uses lentes para tolerar el brillo. Tal vez necesitás amigarte con tu noche, y yo descubrirme en el día.
Tal vez, cuando sepamos de qué tratan nuestras 12 horas, nos podamos hallar otra vez. Complementarias. Necesarias. Eternas.
lunes, 30 de diciembre de 2024
Rocanroles con destino
Fuimos testigos de un show distinto, sólo sé que no sabíamos. Sería una pena que no contemplemos la belleza colateral. Aunque se proclame que no hay nada peor, hay algo mejor, y es el calor rebelde, agitador y revolucionario de nuestras voces.
*****
Noche. Verano. Vísperas de año nuevo. La peregrinación a la misa rutinaria con agua bendita pero saborizada. La adrenalina de estar en camino a pasar tres horas en un espacio techado y con los parlantes a su máxima potencia. La inevitable e ingenua sensación de querer presenciar lo que luego serían anécdotas. Una más para la colección.
Federico había decidido asistir a un recital. Condicionado por su posibilidad económica, se vio sometido a una suerte de sorteo. Había tres fechas para elegir, y Rocanroles sin destino fue el elegido. Callejeros iba a tocar ese disco en vivo, y él le propuso a su hermana Agustina cerrar el año de esa manera.
Atravesaron los controles del boliche y, aunque les pareció algo excesivo ya que les hicieron sacar los zapatos, optaron por ignorar el hecho y poner su atención en disfrutar la noche.
Una vez dentro, se encontraron con amigos y conocidos suyos para poder ver a la banda soporte Ojos Locos. El calor corporal del ambiente los saludó y los invitó a transpirar. Poco importó, faltaban pocos minutos para ver a la banda que tanto admiraban.
Omar Chabán tomó protagonismo en el escenario, exclamando que no tenían que prender bengalas porque sino “se prendería fuego el lugar”. Tanto Fede como Agus se miraron y coincidieron en que era una frase poco agradable para abrir un show, y luego todo pasó a segundo plano porque Patricio Fontanet, cantante de Callejeros, dio sus primeros pasos frente al público.
Sonaron las primeras notas de Distinto y la gente se embadurnó en excitación. Gritaron la letra con la intención de hacerle coros a Fontanet, y entregarse por completo a una función más de rock nacional.
A la izquierda de donde se encontraba Fede y su grupo, un joven decidió prender una candela y las pequeñas bolas de fuego comenzaron a saltar. Agustina dijo “vámonos” y un amigo suyo le respondió “no pasa nada”.
Muchas veces se habla de que unos simples minutos pueden sentirse eternos. La espera encarcela a una percepción del tiempo más tediosa. Este no fue el caso.
Un segundo que sintieron fugaz. Se abrió frente a sus ojos el telón de una mediasombra que no pertenecía ahí. Se anunció con una llama paralizadora, y una coreografía de desesperación protagonizó la escena. Corrieron sin saber a dónde. Aquellos que tuvieron la intención de dirigirse a la salida de emergencia, se encontraron con la puerta cerrada y con candado. Mientras su inconsciente le pedía al cuerpo que no se paralice, Federico y su hermana se apresuraron a saltar la barra de tragos que se encontraba atrás suyo. Las luces del local se apagaron por completo, y sólo quedaba el instinto. Sólo el instinto. Le tenían que pedir lucidez a un impulso que estaba siendo castigado por el miedo.
Se encontraron con unas puertas similares a las del cine, que al tirar o empujar se abrían de igual manera, pero éstas tenían una traba puesta. Una estampida la rompió, y la caída de la gente fue similar a un dominó. Federico tenía su mejilla impregnada en el suelo, perdió de vista a su hermana. Lo que antes era un caos, se transformó lentamente en tristeza. Los gritos cesaron con el paso de los minutos, sólo se escuchaban murmullos a lo lejos, pero el ambiente fantasmal predominaba en el lugar.
Ahí estaba él. En el piso, sin poder moverse. Vio un par de piernas y su forma de pedir ayuda en silencio fue levantar su brazo con las fuerzas que le quedaban, y agarrarle la pierna a un bombero que había logrado ingresar al local. "Acá hay uno vivo" fue la frase que escuchó Fede. Tiraron de sus brazos y no conseguían moverlo. Tenía cinco metros de personas encima suyo. Otro bombero notó la situación, y se deslizó hacia el otro lado para ayudar a liberarlo y sacarlo de allí lo más pronto posible.
Si bien lo rescataron por notar signos vitales, él no creía estar vivo. El shock, la disociación, las imágenes. Las sensaciones, los gritos y el silencio.
Luego de varias cachetadas que recibió por parte de sus amigos mientras buscaban despertarlo, su primera frase fue: "Andá a buscar a mi hermana." Y es que Agustina debía haber sido la primera en salir, pero no tenían rastros de ella.
Apareció después de divagar en una circunstancia paralizante, pero a su hermano sólo le importaba estar con ella. La tranquilidad de saber que, por más frialdad que hayan tenido que atravesar esa noche, aún estaba el calor del amor familiar.
Los hermanos Claramut pasaron la instancia médica, la cual requirió tubos de oxígeno para recuperar el aire. El caso fue llevado a la justicia, y ellos se comprometieron a colaborar para exponer cada falencia que perteneció a Cromañon. 194 personas murieron esa noche.
*****
Podemos imaginar un lugar perfecto, todo eso a lo que la música y el sentir sugiere, pero el ser humano no podría aguantar tanto placer, y es ahí donde elige cegarse prohibiendo los condimentos del humilde sensacional.
El tiempo pasaba y los homenajes se multiplicaban. Zapatillas colgadas en los cables de la calle, paredes pintadas con nombres y rostros. Fotos con velas prendidas en frente suyo. Frases que se supone que deberían motivar a quien la lea, pero sólo consiguieron lágrimas y nostalgia. Fue la primera vez en la que, muchos, dimensionaron que su amor era tan grande como su tristeza.
Para muchos, el pedido de justicia fue un intento de recomponer lo que había sido violentado. Para otros, implicó exponerse a una demagogia que amenazaba con romper el corazón de quienes sí sabían qué errores dieron el presente en ese local.
Creen que asustaría tanta perfección, por eso tratan de hacernos olvidar de aquellos rocanroles, que fueron motivo, pero hoy se encuentran sin destino.
Culparon al alcohol, la vestimenta, y las costumbres de los espectadores. Federico tuvo que sentarse a escuchar, año tras año, cómo aseguraban aspectos de los fallecidos y heridos, sin saber cómo fueron las cosas realmente. Él perdió a un amigo ese día. Él entró, luchó y salió. Él pudo ver luego una bandera con los ojos de la hermana, en representación de los sobrevivientes. Él sabe cómo se sintió estar cara a cara con la incertidumbre, y en ninguna de esas sensaciones apareció el alcohol como factor desencadenante. Le dolió cada prejuicio, y se propuso buscar maneras de exponer el daño que estaban causando, y sanarlo.
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¿Quién tiene la llave al paraíso? No queremos más este sentimiento vacío, de creernos una parte menor. La careta gris pesa, y merecemos algo superior.
Pasó el tiempo. Año 2024, y Federico es papá de una nena. Su pareja es sobreviviente de Cromañón, al igual que su hermana. Varios amigos suyos también.
Formó una banda, brinda shows y es parte de una organización que pide (explícitamente en el nombre) que no les expliquen cómo fue esa noche. Porque ellos estuvieron ahí, vieron y vivieron la desidia en carne propia, y no necesitan desmenuzar más angustias sin conclusiones llevaderas.
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Dicen que las luces se apagaron, pero en realidad abrían paso. Las canciones y las almas de verano se unieron de noche para ser hoy nuestro faro.
"Sin Quebrarse" es el nombre de la canción que compuso Federico para la organización No Nos Cuenten Cromañón. Durante 20 años, y los que vendrán, sobrevivientes y familiares se unieron para establecer un mismo principio: Nada ni nadie podrá quitarles la voz. "Siempre a su paso, libertad. Hija del pulso natural de no callarse" proclama esa melodía.
martes, 6 de febrero de 2024
-Adelanto del cuento "Kilómetros"-
"Pasaron meses y me siento a releer lo que me hiciste sentir. Es curioso porque no puedo recordar ni un cinco por ciento de todo lo que dolía. Sabía que no lo iba a guardar en mi memoria. Funciono así desde que empecé a experimentar este tipo de relaciones. Yo insisto, persisto, evito desistir porque cuando la amnesia me invita a salir me resulta inevitable decirle que no. Y es que ella llega siempre puntual, nunca da falsos avisos. Si llega, tiene un por qué. No la cuestiono, sólo me alisto y emprendemos una nueva aventura. Pierdo la memoria cuando llega el verdadero momento de irse. Cuando lo externo entiende cosas que aún mi razón no percibe, y dejo que mi instinto tome las riendas.
Si me detengo a pensar, tengo una leve sensación de verme rogándote, convencida de que si no cedías, no habría vuelta atrás. No me escuchaste. Pensaste que era una de las tantas veces que amagué con mi huida. Ya no importaba qué tan fuerte fuera mi grito, yo ya no hacía las paces con tu audición. El curioso caso del sordo que sin escucharme, tenía el poder de herirme. Uno supondría que quien pierde un sentido estaría haciendo hasta lo imposible para recuperarlo, pero vos seguiste como si nunca hubieses tenido esa capacidad. No te preocupaba no oír, querías dejar en claro que el sonido que yo hiciera sería absurdo.
Me deshizo, destruyó cada mundo que formaba parte de mi importancia, y yo aún me rehúso a compartir mis escritos sobre ese corazón roto para que no se sienta mal. Tengo empatía por un alma que muestra estar más corrupta que la mía, mucho más. No empatizo con la persona que usó su tiempo en la tierra para lastimar a otras. Empatizo con el ser que no comprendió cuál era su verdadera meta en esta vida. Yo podré haberlo sufrido, pero él sangra y no lo percibe."