lunes, 14 de agosto de 2017

Era el otro

Salgo de mi clase de danza cansada, con las piernas pidiendo descanso y mi cabeza repasando las coreografías para practicarlas en casa. Voy a la parada del colectivo y veo que vienen dos de la misma línea. El primero está más cerca que el segundo, seducen las ganas de llegar más rápido y me detienen mis ganas de descansar en el viaje. Grandes chances de que el segundo venga con asientos disponibles, pero no quisiera perderme cualquiera de los dos por tardar en decidir. Subirme al segundo es arriesgarme a perder el primero y quedarme con la duda si va a venir mejor o peor que el que acabo de perder. No estoy para eso. Mejor me subo al primero, quizás viajaré parada y con incomodidades, pero al menos llego más rápido (si el tránsito y el automóvil lo permiten). A los pocos minutos pasa el segundo colectivo por el costado y veo que estaba vacío con varios asientos disponibles. Me enojo conmigo misma por no haberme arriesgado, estoy cansada y me perdí la chance de descansar en el viaje sólo por el miedo a no saber lo que venía. Resultó ser que esa incertidumbre venía de la mano con relajo y disfrute.
Nos perdemos oportunidades sólo por ser desconocidas, sin tener en cuenta que lo conocido no siempre termina siendo bueno.
El instinto (si es bien distinguido del miedo y/o paranoia) puede ser tu gran amigo.
Confiá.

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