sábado, 9 de mayo de 2020

Cinco minutos más

No te despiertes que me voy. Quedate un rato más en la cama. Si querés no hablamos, nos podemos hacer los dormidos, pero si te despertas me voy a tener que ir.
No me quiero ir. Me tengo que ir por tu bien, pero no lo quiero hacer.
Sí, la situación nos la complicó el doble y pensamos ser caos hace 6 horas. En ese bardo de palabras y confesiones, nos vimos. Nos tocó el ego y la fantasía no habernos mostrado un toque más enteros, medio que quisimos tirar el tablero, pero ahí estuvimos.
Hace tiempo escribí "no hay acto más sincero que el espontáneo". En este caso, nuestro impulso fue contarnos las malas y las peores antes de saber nuestros nombres. ¿Quién puede decir si estuvo bien o mal?
Yo pensé que te lastimé al escuchar, vos pensaste que me lastimaste al hablar. Y viceversa.
Ahí nació la culpa, pero no por el otro. La culpa que sentimos por vernos rotos, más que por mostrarnos de ese modo.
La culpa de sentirnos incapaces de apagar esta radio que desde hace meses nos pasa publicidad de angustias y tristezas.
Ahí también nació otra perspectiva. Ni yo sentí mal verte vulnerable, ni vos conmigo. De todas formas, había culpa.
¿Cómo explicarte que no fue terremoto el supuesto sismo?
Acá me visita la incertidumbre, agarrada de la mano con mis ganas.
Si lloré fue por no poder abrazarte.
En el abrazo estaba todo. Era lo que más necesitaba cada uno y ninguno se atrevió a pedir... Hasta que me tuve que ir. Casi al unísono lo solicitamos. Un abrazo fuerte, que no quería oler a despedida. Te quiero, te quiero.
Y así como te quiero, dibujo formas de seguir presente.
Pagaste la entrada porque el trailer te gustó, y ahora tenés miedo de ver la película.
Vení, entra conmigo al cine. Traje los pochoclos.

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