domingo, 23 de enero de 2022

La agonía del reloj

 Una canción una vez sugirió que la espera es el mejor tiempo perdido y hoy no puedo confirmar su teoría. El dolor agridulce que provoca la paciencia sólo se justifica cuando la recompensa comienza a amanecer. Y hoy, que desperté temprano aunque no tenía que hacerlo, y esperé las indicaciones a una cita que me tenía entusiasmada, sólo me queda un sabor amargo. Estuve quieta por cinco horas, aunque se sienten más. Me escribió pero no para lo que habíamos acordado la noche anterior. No me invitó a pasear. No pactamos un horario para encontrarnos. No nos bañamos ni vestimos para esa ocasión especial. Le dimos franco a los nervios y a la ansiedad.

Me gustaría poder dejar este escrito por la mitad, como señal de que el destino me mostró que estaba equivocada, pero sigo escribiendo. El mensaje sigue sin llegar. Amago a llorar pero no salen lágrimas. Y es que uno comprueba que está entrelazado con el duelo, cuando la angustia no demanda ser manifestada. Porque sabe que marcó su presencia, y trajo con ella el reconocimiento de que algo, simplemente, dejó de suceder.

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