domingo, 17 de julio de 2022

Sin aqua

Dudo que se trate de una profecía autocumplida, más bien son años de atención prestada. Fui paciente, insistente, relajada e intensa. Cambié, pensé, hablé y callé. Probé muchas maneras de preparar mi corazón para que luciera cómodo y acogedor. Lo hice con la inocencia de mi adolescencia, y con la pronta experiencia de mi adultez. Cada vez que invitaba a alguien a que tome asiento y se tome un café, les creía cuando me decían que no les gustaba, pero que con agua estaban bien. Porque yo tenía todo, no había problema en darles lo que necesitaban.

Tanta era su sed que me fui quedando sin recursos, y cuando pedí que compraran lo que consumieron, simplemente se fueron.

"Estoy apurado" me dijo uno. "Me esperan en casa" "No quería tomar agua, me quedé porque insististe" me respondieron otros.

Guardé la botella que me quedaba, y traté de descansar.

Alguien tocó la puerta, lo dejé pasar porque afuera ya hacía frío, y me dijo que tenía mucha sed. Sin dejarlo terminar, le advertí: "Tengo una sola botella y no tengo forma de comprar más, no puedo seguir con la boca seca."

Me respondió que él iba a traer más, pero necesitaba tomar urgente para recuperar sus fuerzas. Le repetí que no lo iba a hacer, que nadie lo hace. Que una vez que una persona sacia una necesidad, olvida la urgencia que sintió y quién ayudó a satisfacerla.

Se mantuvo firme con su promesa, eligió no creer. Y yo le creí.

Lo vi levantarse con mucha más luz de la que entró, sus labios ya no estaban quebrados por la deshidratación y yo estaba ansiosa por mostrar mi luminosidad, una vez que él repusiera las botellas. Era mi momento de tomar agua.

Con la ilusión en mis ojos, tomé su mano para ir a buscar más provisiones.

Me respondió que no iba a ser posible, que él estaba haciendo su camino y se topó con mi casa. Me agradeció por la ayuda, me recitó que sin ella él estaría perdido, pero que ya era momento de irse.

Con lágrimas resignadas le abrí la puerta, con miedo a cerrarla porque ya no tenía con qué calmar mi sed.

Él no me creyó, pero yo tenía las botellas contadas.

Quedarme queriendo agua yo sola no es una frase por paranoia. Es una experiencia que, tristemente, se repite una vez más.

martes, 24 de mayo de 2022

Me quité la vida

Me quité la vida a los dieciséis años. Sentí mucho frío en la primera decepción, me congelé en la segunda, y en la tercera ya nada me dolía. Olvidé lo que era conversar, porque cada intercambio verbal que intenté mantener se transformó en discusión y lejanía. Comprendí que mi presencia sólo interrumpió la parsimonia de mi entorno, y en un último acto de amor, la disipé por completo para que volvieran a sentirse en calma. Me disculpé por los disturbios en cada paso que di para construir la distancia. Escuché sus risas a medida que yo avanzaba, y lloré por mi, pero celebré por ellos.

Si supieran el amor que requiere entender que la única forma de amarlos era alejándome… ¿Cómo le explicás al ego que la inexistencia de tu persona va a perpetuar tus sentimientos en lugar de hacerlo vos mismo? ¿Qué tan derrotado tiene que estar uno para hacer las paces con su irrelevancia?

Quise estar en el nacimiento de él, en el crecimiento de ella. En las anécdotas de aquel, y en la contención de ella. Tanto quise, que sólo quise. La mente jugó tanto con la imaginación, que agotó las posibilidades y dejó a la realidad sedienta de ellas.

Me quité la vida a los dieciséis años, casi diecisiete. El cuarto blanco pasó a ser negro por la persiana sometida a su más bajo nivel. La llave de mi puerta tenía más miedo que yo cada vez que la utilizaba para impedir que alguien la abriera sin mi consentimiento. La obligué a cumplir su trabajo igual, no me iba a convencer de lo contrario. El cóctel más peligroso está compuesto por desidia e intrascendencia. Hace tiempo no sentía temor, porque lo tenebroso disfrazado de seguridad convence hasta al mejor detective.

¿Cuándo alguien es considerado buen actor? ¿Cuando deja de ser impostor, o cuando notás que lo fue? ¿Cómo notás que lo fue? ¿Cuando te lo confiesa o cuando te percatás de que su mirada cambia según el discurso? En mi caso, no sé cómo actué. Pensé ser evidente, pero me vieron normal porque nunca se acercaron a preguntar de qué se trataba mi obra. ¿Fue una obra?

Me quité la vida a los casi diecisiete años. Dejé de pedir disculpas por aquello que nadie me reclamaba. Por un tiempo sentía que mi ausencia causaba incertidumbre a mis seres queridos, pero cuando tomé la decisión me encontré con que era lo que ellos pedían en silencio. Olvidé cómo comandar mis piernas, y sólo me mantuvo despierta el mundo guionado de una película cliché.

Si se trata de un acto de cobardía, yo fui aún más cobarde. Analicé sólo opciones indoloras, no me atreví a sufrir en el sacrificio. Pastillas, tal vez, pero no sabría cuáles. Quizás sobrevivía si no tomaba las correctas. Escape de gas, sin querer, pero no tenía dónde quedarme dormida a solas. Por último, apelé a Dios y a que me conceda un único deseo: Hacerme olvidar de cómo se respira. Pero seguí respirando.

¿Cómo se le llama a respirar sin tener vida? ¿Acaso era un suceso extraordinario?

Le quité la vida a mi respiración, dejé de creer. Me despedí de la risa, me enemisté con la confianza y le dí el beso de la muerte al amor. Me quité la vida en cada noche en soledad, cada recreo en el mismo escritorio, cada mirada de reojo a esos compañeros que pudieron ser amigos pero no estaban seguros de serlo. 

Cada experiencia que me prohibía vivir, me quitó la vida. Cada palabra que no dije, cada sentimiento que no manifesté, me quitó la vida. Una pulsación menos por momento no atravesado. ¿No es un trato cruel? Cuando me di cuenta de la injusticia del negocio, ya era tarde. Mi desgano puso la firma, y un manto oscuro cubrió la balanza.

Saber afrontar una contradicción no es un acto apto para cualquiera, y yo, sin vida, me encontré cara a cara con la mayor de ellas. Un bebé de dos meses soltó un llanto desde la otra habitación para que su mamá le diera de comer, y yo me encontraba a cinco metros con una carta de parte del hambre que me decía “me dejaste de necesitar”. ¿Cómo recobro las necesidades de un recién nacido? Extraño las señales. Los indicios de un ser vivo. El pensamiento, el sentimiento, el cuerpo, el hambre. Dos meses contra casi diecisiete años. Si hubiésemos podido conversar, ¿cómo le explicaba que lo vital, aún sabiéndose mortal, sólo perdura con suerte?

No podía. Claro, él no hablaba y quizás lo que escuchaba no era más que un bullicio, pero yo necesitaba explicarle. O que él me explicara a mi qué se sentía tener hambre, calor, latidos en el pecho.

Lo curioso de quitarse la vida es que primero te enterás vos, y con delay el resto. Yo ya no estaba, y el único que parecía hablarme desde aquel plano era él. Casi tres meses contra diecisiete años. Mi cuerpo ya estaba configurado en automático, era cuestión de tiempo para que dejara de funcionar. Dentro del manojo de actividades que realizaba para acompañar a las agujas del reloj, me encontré sosteniendo a tres meses y unos días. Lo hice reír, le saqué una mirada de nombre pura y apellido novedosa, y ahí empezó la charla.

Mi única prueba para verificar que la telepatía existía, fue aquel encuentro de ojos. La misma no se manifiesta en el lenguaje que conocemos. No sé cómo nos dijimos cosas, pero él las sabe y yo también. Fue su forma de hacerme RCP. Quiso traerme de vuelta, y me quebré en llanto por dentro.

¿Por qué me quieren de vuelta? ¿Será la primera vez que me voy sin avisar y averiguan por qué me fui? ¿O será que no importa el motivo del exilio, sino que finalmente me quede?

Cinco meses, casi seis. Se rió en una habitación mientras le cambian los pañales.

Diecisiete años. Retiré la llave de la puerta y suspiré mientras mi estómago crujía.

Señales de seres vivos.

Pulsaciones devueltas.

La vida que volvió.



viernes, 1 de abril de 2022

Sinfonía incompleta - Parte 1

Con los nervios de una primera cita, golpeó suavemente su pierna para mostrar su intención de acercamiento. Ella lo notó, y apoyó su cabeza a su hombro. Como si hubiera un imán, se giraron lentamente para que sus labios quedaran a milímetros de distancia. Se fundieron en un beso lento, con caricias en la cara, y la sensación de que el mundo había frenado. La película hizo sonar una orquesta a todo volumen, y ellos seguían fundidos en un beso vestido de momento correcto.

365 días después, ella volvió al cine. Se ubicó en su butaca, apagaron las luces, y quedó ahí. Inmóvil por dos horas, mientras las lágrimas caían lentamente por sus mejillas. Sus piernas no recibieron las caricias de nadie, su cabeza no tuvo dónde reposar, y cuando sonó la orquesta, no recibió su beso. Su única compañía fue la fría angustia certera de extrañar lo que ya no es.

martes, 15 de marzo de 2022

Un mendigo buscando ser príncipe

¿Quién es real y quién careta en esta historia?
Dicen que no importa la guerra, no importa la gloria.
Discriminan a unos pocos, a los de afuera
Quién se queja del empresario que lo dejó tras las rejas.
¿Quién cambió los personajes de este cuento?
Porque el mendigo terminó siendo peor que el príncipe.
No importa el respeto presente en el evento
Seguís siendo un pez en el arrecife.
Y no me digan que defiendo al que oprime
Sólo remarco los errores para que nadie olvide
Que hacer lo que te hicieron no hace nada, sólo inhibe
Cualquier esperanza de igualdad para pibas y pibes.
Que el marginado discrimine sólo demuestra
Que con un poco de poder la mente se vuelve siniestra.
Defenestra los valores defendidos
Con tal de cobrar dos pesos, baila el bandido.
Vuelvo a preguntar quién es el bueno, quién es malo acá
Sin darte cuenta lo que aumenta es la estafa
Al que hoy le dijiste amigo en la calle, papá
Mañana tira distraído y te empieza a olvidar.
Quien promueve los valores tiene que conocerlos
Para poder expresarse sin prenderse fuego.
Y el que exige el respeto que no tiene dentro
Será quien pague por los compas muertos.
Que la línea separe a los vivos de los giles
Sin importar lo que en el banco recibe.
Que vos podrás recibir mes a mes todos los miles
Pero no seas nunca quien dispara los misiles.
De traje o en pelotas, nos marca la trayectoria
No fue la ropa ni el barrio quien dejó las almas rotas.

domingo, 23 de enero de 2022

La agonía del reloj

 Una canción una vez sugirió que la espera es el mejor tiempo perdido y hoy no puedo confirmar su teoría. El dolor agridulce que provoca la paciencia sólo se justifica cuando la recompensa comienza a amanecer. Y hoy, que desperté temprano aunque no tenía que hacerlo, y esperé las indicaciones a una cita que me tenía entusiasmada, sólo me queda un sabor amargo. Estuve quieta por cinco horas, aunque se sienten más. Me escribió pero no para lo que habíamos acordado la noche anterior. No me invitó a pasear. No pactamos un horario para encontrarnos. No nos bañamos ni vestimos para esa ocasión especial. Le dimos franco a los nervios y a la ansiedad.

Me gustaría poder dejar este escrito por la mitad, como señal de que el destino me mostró que estaba equivocada, pero sigo escribiendo. El mensaje sigue sin llegar. Amago a llorar pero no salen lágrimas. Y es que uno comprueba que está entrelazado con el duelo, cuando la angustia no demanda ser manifestada. Porque sabe que marcó su presencia, y trajo con ella el reconocimiento de que algo, simplemente, dejó de suceder.