lunes, 25 de agosto de 2025

Una lágrima en el año 23

Sigo acá. Pensándote todos los días, sabiendo que así será el resto de mi vida si es que no te vuelvo a cruzar en el camino. Cuántas cosas pensé sobre vos. Buenas y otras no tanto. Cuántos lugares visitó mi cabeza porque mi corazón le demandaba respuestas, y el raciocinio se quedó sin calma. Cada parte de mí se desorientó.

Tuve que escuchar “Right where you left me” de Taylor Swift para poder empezar a escribir esto. Tantos días de inspiración, y tan pocos momentos de coraje para hacerme cargo de ellos.

Te vi avanzar, te vi dejar. Te vi alejarte, te vi soltar. Yo sigo acá. Inventé una caja con falsas palabras y gestos, y la desparramé en frente tuyo para que vieras mi enojo. Para que sospecharas mi dolor. Para que entendieras lo lastimado que estaba mi amor. 

Es muy complejo encontrar un punto medio para que lo que pienso y lo que siento se puedan equilibrar.


Cuánto te extraño. A vos, a mi, a nosotras. Al micromundo que nos creamos y que tanto decoramos, sintiendo que era nuestro hogar. Sigo acá. Las paredes no tienen el mismo color, la electricidad se presenta con menor poder, los recursos son insípidos. Miro los cuadros con las fotos que me regalaste, porque atrás de ellos está tu letra con una pequeña dedicatoria. Tu letra me hace acordar a vos, te hace presente. Trae de nuevo a todas esas mañanas viéndote copiar lo que dictaba un docente. Todas esas tardes creando apuntes para poner en palabras lo que habías aprendido. Todas esas noches en las que volcaste junto a mi, cada sentimiento que tu corazón experimentaba.

Tengo una remera de Adidas que dejaste en mi casa, porque habías decidido que ese sería tu pijama cada vez que vinieras a dormir conmigo. O tal vez lo olvidaste ahí, pero yo quise creer que fue tu lenguaje inconsciente avisándome que ibas a volver.


Todavía no volviste.


No pude volver a colgar las sábanas en el techo, ni conseguí una luz tenue como en aquella cena de tu cumpleaños. Ningún plato de capelettinis supo tan bien como los que estaban condimentados con tus charlas.


Tengo otro anillo de compromiso. Es muy especial, algo te supe contar. El nuestro ya no está. Vi tu mano sin él, y tiré el mío al piso entre lágrimas y enojos. Te obsequié un pedacito del cielo para que te acuerdes lo inmenso que te amo, pero lo tenés guardado en un cajón. Me nublaste.


Todavía te siento. No como solía hacerlo, y asumo que tendrá que ver con el hecho de que vos y yo cambiamos. Separadas. Convirtiéndonos en dos individuales, cuando sólo sabíamos ser par. Y aún en la independencia, tengo la certeza de que nos encontraríamos igual. Nos comentaríamos qué se sintió dejar atrás tanta historia, darle el lugar que le correspondía y abrirle las puertas a lo que vendría. Hablaríamos durante horas sobre cómo esta vida se sintió tantas a la vez. Nos preguntaríamos si seguimos creyendo en las almas, y yo te diría que sí, con el miedo de habitar esa creencia yo sola, y que vos te hayas mudado a otra. Con el rezo de reencontrarte en ella, y hacer las paces con las heridas de este último tiempo.


Releo algunas palabras que te dediqué en varias ocasiones para poder recordar lo única que era tu presencia. Lo cálido que se sentía saber que tu abrazo me esperaba en cualquier rincón del mundo. La satisfacción que recorría mi cuerpo por gozar del privilegio más grande que fue nadar en un amor tan puro.


Quise acercarme con la nostalgia asomándose, superándome, e intenté tentarte con eso. Que te despierte la intriga que yo tengo sobre vos. Que me preguntes cómo estoy, qué lugares estoy recorriendo. Yo todavía me pregunto eso, porque después de tantos días, meses, aún no te crucé caminando por ahí. Me resulta extraño, me dijiste que ahora vivimos en el mismo barrio. Sin embargo, sigo caminando sola.


Reconozco que no salgo mucho. Me acostumbré a lidiar con la duda, y evito la frustración de salir y seguir sin encontrarte.


Es tan contradictorio, porque igual te veo en todas partes. Te siento, te pienso. Estás en los chistes que sé que te causarían gracia, en las fases de la luna que fotografiarías, en la birra roja que cada tanto te dabas el gusto de tomar. Estás en los vinos que no llegamos a compartir, en los lugares con meriendas tentadoras, y en las películas de amor más cliché.


Te encuentro en los mates, en los libros, en la música. En cada experiencia que vivo y quiero contarte, en cada pensamiento que tengo y amago a buscarte. Me hace pensar que vos también seguís acá. Como nos supo enseñar una escritora que tanto nos gustaba: el Sol tarda 8 minutos en dejar de darnos luz y calor. Una vez que se va, tardamos 8 minutos en notarlo. Yo estoy en esos 8 minutos. Espesos. Ruidosos. Silenciosos. Tal vez nos lleve a una charla con la Luna, esa que tanto te gustaba. Mis guías me dicen que tengo que hablar más con el Sol, y ya no tanto con la Luna. Pero vos la amabas tanto… Sé que algo tiene.


Tal vez nunca se trató de que yo intentara descifrar sus fases, ni que vos uses lentes para tolerar el brillo. Tal vez necesitás amigarte con tu noche, y yo descubrirme en el día.

Tal vez, cuando sepamos de qué tratan nuestras 12 horas, nos podamos hallar otra vez. Complementarias. Necesarias. Eternas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario