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viernes, 10 de julio de 2026

Herencia sin firma

-En algún rincón de la ciudad, año 2025-

Hace mucho que no escribía. Lo que me relaja de esto es que no se espera que sea bueno, divertido o inteligente. Se supone que es para despertar mi creatividad.

Me puse canciones de Taylor Swift de fondo porque siento que ella hace eso por mí. Me despierta la creatividad, me hace indagar en mis emociones, me hace ver imágenes de una historia que no es mía, pero me atraviesa como si lo fuera. Considero que esa es la verdadera identidad de un poeta.

También creo que un poeta tiene un gran poder de desapego. Aceptan que lo que escriben deja de ser suyo, y permiten que extraños se apropien de sus vivencias, sensaciones y pensamientos. Es por eso que aún no soy una de ellos. Voy en camino, pero sigo atada a mi historia. Tal vez, cuando me anime a trascender, comprenda que si cada palabra pelea por ser escuchada o leída, es porque ya no me pertenece.

Es una dicotomía interesante. ¿Cómo algo que creé yo misma puede no pertenecerme? ¿No existen los derechos de autor para lo intangible?

Sospecho que el único abogado que puede pronunciarse en este tópico soy yo misma. No sé si me acuso o me defiendo. Si merezco pena, o libertad. Aun si fuese aquella profesional, ¿quién sería el juez?

Por eso debo desprenderme de mis anécdotas y aprendizajes. No permitiría que me juzgara un oyente o lector, no me conoce. Aun leyendo lo más íntimo de mi ser, no me conoce, porque no hay profundidad sin superficialidad. Si ambos no funcionan a la par, lo hondo se transforma en parte externa. Y ésta puede ser muy cruda para algo tan vulnerable.

El vacío legal que encuentro es darles todas y cada una de mis palabras. En el precisos instante en que las oigan o lean, ustedes se convierten en dueños de ellas.

Dejarán de ser jueces.

Y nadie se atreve a juzgar con honestidad lo que vive.

 

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