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martes, 24 de mayo de 2022

Me quité la vida

Me quité la vida a los dieciséis años. Sentí mucho frío en la primera decepción, me congelé en la segunda, y en la tercera ya nada me dolía. Olvidé lo que era conversar, porque cada intercambio verbal que intenté mantener se transformó en discusión y lejanía. Comprendí que mi presencia sólo interrumpió la parsimonia de mi entorno, y en un último acto de amor, la disipé por completo para que volvieran a sentirse en calma. Me disculpé por los disturbios en cada paso que di para construir la distancia. Escuché sus risas a medida que yo avanzaba, y lloré por mi, pero celebré por ellos.

Si supieran el amor que requiere entender que la única forma de amarlos era alejándome… ¿Cómo le explicás al ego que la inexistencia de tu persona va a perpetuar tus sentimientos en lugar de hacerlo vos mismo? ¿Qué tan derrotado tiene que estar uno para hacer las paces con su irrelevancia?

Quise estar en el nacimiento de él, en el crecimiento de ella. En las anécdotas de aquel, y en la contención de ella. Tanto quise, que sólo quise. La mente jugó tanto con la imaginación, que agotó las posibilidades y dejó a la realidad sedienta de ellas.

Me quité la vida a los dieciséis años, casi diecisiete. El cuarto blanco pasó a ser negro por la persiana sometida a su más bajo nivel. La llave de mi puerta tenía más miedo que yo cada vez que la utilizaba para impedir que alguien la abriera sin mi consentimiento. La obligué a cumplir su trabajo igual, no me iba a convencer de lo contrario. El cóctel más peligroso está compuesto por desidia e intrascendencia. Hace tiempo no sentía temor, porque lo tenebroso disfrazado de seguridad convence hasta al mejor detective.

¿Cuándo alguien es considerado buen actor? ¿Cuando deja de ser impostor, o cuando notás que lo fue? ¿Cómo notás que lo fue? ¿Cuando te lo confiesa o cuando te percatás de que su mirada cambia según el discurso? En mi caso, no sé cómo actué. Pensé ser evidente, pero me vieron normal porque nunca se acercaron a preguntar de qué se trataba mi obra. ¿Fue una obra?

Me quité la vida a los casi diecisiete años. Dejé de pedir disculpas por aquello que nadie me reclamaba. Por un tiempo sentía que mi ausencia causaba incertidumbre a mis seres queridos, pero cuando tomé la decisión me encontré con que era lo que ellos pedían en silencio. Olvidé cómo comandar mis piernas, y sólo me mantuvo despierta el mundo guionado de una película cliché.

Si se trata de un acto de cobardía, yo fui aún más cobarde. Analicé sólo opciones indoloras, no me atreví a sufrir en el sacrificio. Pastillas, tal vez, pero no sabría cuáles. Quizás sobrevivía si no tomaba las correctas. Escape de gas, sin querer, pero no tenía dónde quedarme dormida a solas. Por último, apelé a Dios y a que me conceda un único deseo: Hacerme olvidar de cómo se respira. Pero seguí respirando.

¿Cómo se le llama a respirar sin tener vida? ¿Acaso era un suceso extraordinario?

Le quité la vida a mi respiración, dejé de creer. Me despedí de la risa, me enemisté con la confianza y le dí el beso de la muerte al amor. Me quité la vida en cada noche en soledad, cada recreo en el mismo escritorio, cada mirada de reojo a esos compañeros que pudieron ser amigos pero no estaban seguros de serlo. 

Cada experiencia que me prohibía vivir, me quitó la vida. Cada palabra que no dije, cada sentimiento que no manifesté, me quitó la vida. Una pulsación menos por momento no atravesado. ¿No es un trato cruel? Cuando me di cuenta de la injusticia del negocio, ya era tarde. Mi desgano puso la firma, y un manto oscuro cubrió la balanza.

Saber afrontar una contradicción no es un acto apto para cualquiera, y yo, sin vida, me encontré cara a cara con la mayor de ellas. Un bebé de dos meses soltó un llanto desde la otra habitación para que su mamá le diera de comer, y yo me encontraba a cinco metros con una carta de parte del hambre que me decía “me dejaste de necesitar”. ¿Cómo recobro las necesidades de un recién nacido? Extraño las señales. Los indicios de un ser vivo. El pensamiento, el sentimiento, el cuerpo, el hambre. Dos meses contra casi diecisiete años. Si hubiésemos podido conversar, ¿cómo le explicaba que lo vital, aún sabiéndose mortal, sólo perdura con suerte?

No podía. Claro, él no hablaba y quizás lo que escuchaba no era más que un bullicio, pero yo necesitaba explicarle. O que él me explicara a mi qué se sentía tener hambre, calor, latidos en el pecho.

Lo curioso de quitarse la vida es que primero te enterás vos, y con delay el resto. Yo ya no estaba, y el único que parecía hablarme desde aquel plano era él. Casi tres meses contra diecisiete años. Mi cuerpo ya estaba configurado en automático, era cuestión de tiempo para que dejara de funcionar. Dentro del manojo de actividades que realizaba para acompañar a las agujas del reloj, me encontré sosteniendo a tres meses y unos días. Lo hice reír, le saqué una mirada de nombre pura y apellido novedosa, y ahí empezó la charla.

Mi única prueba para verificar que la telepatía existía, fue aquel encuentro de ojos. La misma no se manifiesta en el lenguaje que conocemos. No sé cómo nos dijimos cosas, pero él las sabe y yo también. Fue su forma de hacerme RCP. Quiso traerme de vuelta, y me quebré en llanto por dentro.

¿Por qué me quieren de vuelta? ¿Será la primera vez que me voy sin avisar y averiguan por qué me fui? ¿O será que no importa el motivo del exilio, sino que finalmente me quede?

Cinco meses, casi seis. Se rió en una habitación mientras le cambian los pañales.

Diecisiete años. Retiré la llave de la puerta y suspiré mientras mi estómago crujía.

Señales de seres vivos.

Pulsaciones devueltas.

La vida que volvió.