Translate

lunes, 25 de agosto de 2025

Una lágrima en el año 23

Sigo acá. Pensándote todos los días, sabiendo que así será el resto de mi vida si es que no te vuelvo a cruzar en el camino. Cuántas cosas pensé sobre vos. Buenas y otras no tanto. Cuántos lugares visitó mi cabeza porque mi corazón le demandaba respuestas, y el raciocinio se quedó sin calma. Cada parte de mí se desorientó.

Tuve que escuchar “Right where you left me” de Taylor Swift para poder empezar a escribir esto. Tantos días de inspiración, y tan pocos momentos de coraje para hacerme cargo de ellos.

Te vi avanzar, te vi dejar. Te vi alejarte, te vi soltar. Yo sigo acá. Inventé una caja con falsas palabras y gestos, y la desparramé en frente tuyo para que vieras mi enojo. Para que sospecharas mi dolor. Para que entendieras lo lastimado que estaba mi amor. 

Es muy complejo encontrar un punto medio para que lo que pienso y lo que siento se puedan equilibrar.


Cuánto te extraño. A vos, a mi, a nosotras. Al micromundo que nos creamos y que tanto decoramos, sintiendo que era nuestro hogar. Sigo acá. Las paredes no tienen el mismo color, la electricidad se presenta con menor poder, los recursos son insípidos. Miro los cuadros con las fotos que me regalaste, porque atrás de ellos está tu letra con una pequeña dedicatoria. Tu letra me hace acordar a vos, te hace presente. Trae de nuevo a todas esas mañanas viéndote copiar lo que dictaba un docente. Todas esas tardes creando apuntes para poner en palabras lo que habías aprendido. Todas esas noches en las que volcaste junto a mi, cada sentimiento que tu corazón experimentaba.

Tengo una remera de Adidas que dejaste en mi casa, porque habías decidido que ese sería tu pijama cada vez que vinieras a dormir conmigo. O tal vez lo olvidaste ahí, pero yo quise creer que fue tu lenguaje inconsciente avisándome que ibas a volver.


Todavía no volviste.


No pude volver a colgar las sábanas en el techo, ni conseguí una luz tenue como en aquella cena de tu cumpleaños. Ningún plato de capelettinis supo tan bien como los que estaban condimentados con tus charlas.


Tengo otro anillo de compromiso. Es muy especial, algo te supe contar. El nuestro ya no está. Vi tu mano sin él, y tiré el mío al piso entre lágrimas y enojos. Te obsequié un pedacito del cielo para que te acuerdes lo inmenso que te amo, pero lo tenés guardado en un cajón. Me nublaste.


Todavía te siento. No como solía hacerlo, y asumo que tendrá que ver con el hecho de que vos y yo cambiamos. Separadas. Convirtiéndonos en dos individuales, cuando sólo sabíamos ser par. Y aún en la independencia, tengo la certeza de que nos encontraríamos igual. Nos comentaríamos qué se sintió dejar atrás tanta historia, darle el lugar que le correspondía y abrirle las puertas a lo que vendría. Hablaríamos durante horas sobre cómo esta vida se sintió tantas a la vez. Nos preguntaríamos si seguimos creyendo en las almas, y yo te diría que sí, con el miedo de habitar esa creencia yo sola, y que vos te hayas mudado a otra. Con el rezo de reencontrarte en ella, y hacer las paces con las heridas de este último tiempo.


Releo algunas palabras que te dediqué en varias ocasiones para poder recordar lo única que era tu presencia. Lo cálido que se sentía saber que tu abrazo me esperaba en cualquier rincón del mundo. La satisfacción que recorría mi cuerpo por gozar del privilegio más grande que fue nadar en un amor tan puro.


Quise acercarme con la nostalgia asomándose, superándome, e intenté tentarte con eso. Que te despierte la intriga que yo tengo sobre vos. Que me preguntes cómo estoy, qué lugares estoy recorriendo. Yo todavía me pregunto eso, porque después de tantos días, meses, aún no te crucé caminando por ahí. Me resulta extraño, me dijiste que ahora vivimos en el mismo barrio. Sin embargo, sigo caminando sola.


Reconozco que no salgo mucho. Me acostumbré a lidiar con la duda, y evito la frustración de salir y seguir sin encontrarte.


Es tan contradictorio, porque igual te veo en todas partes. Te siento, te pienso. Estás en los chistes que sé que te causarían gracia, en las fases de la luna que fotografiarías, en la birra roja que cada tanto te dabas el gusto de tomar. Estás en los vinos que no llegamos a compartir, en los lugares con meriendas tentadoras, y en las películas de amor más cliché.


Te encuentro en los mates, en los libros, en la música. En cada experiencia que vivo y quiero contarte, en cada pensamiento que tengo y amago a buscarte. Me hace pensar que vos también seguís acá. Como nos supo enseñar una escritora que tanto nos gustaba: el Sol tarda 8 minutos en dejar de darnos luz y calor. Una vez que se va, tardamos 8 minutos en notarlo. Yo estoy en esos 8 minutos. Espesos. Ruidosos. Silenciosos. Tal vez nos lleve a una charla con la Luna, esa que tanto te gustaba. Mis guías me dicen que tengo que hablar más con el Sol, y ya no tanto con la Luna. Pero vos la amabas tanto… Sé que algo tiene.


Tal vez nunca se trató de que yo intentara descifrar sus fases, ni que vos uses lentes para tolerar el brillo. Tal vez necesitás amigarte con tu noche, y yo descubrirme en el día.

Tal vez, cuando sepamos de qué tratan nuestras 12 horas, nos podamos hallar otra vez. Complementarias. Necesarias. Eternas.


lunes, 30 de diciembre de 2024

Rocanroles con destino

Fuimos testigos de un show distinto, sólo sé que no sabíamos. Sería una pena que no contemplemos la belleza colateral. Aunque se proclame que no hay nada peor, hay algo mejor, y es el calor rebelde, agitador y revolucionario de nuestras voces.

*****

Noche. Verano. Vísperas de año nuevo. La peregrinación a la misa rutinaria con agua bendita pero saborizada. La adrenalina de estar en camino a pasar tres horas en un espacio techado y con los parlantes a su máxima potencia. La inevitable e ingenua sensación de querer presenciar lo que luego serían anécdotas. Una más para la colección.

Federico había decidido asistir a un recital. Condicionado por su posibilidad económica, se vio sometido a una suerte de sorteo. Había tres fechas para elegir, y Rocanroles sin destino fue el elegido. Callejeros iba a tocar ese disco en vivo, y él le propuso a su hermana Agustina cerrar el año de esa manera.

Atravesaron los controles del boliche y, aunque les pareció algo excesivo ya que les hicieron sacar los zapatos, optaron por ignorar el hecho y poner su atención en disfrutar la noche.

Una vez dentro, se encontraron con amigos y conocidos suyos para poder ver a la banda soporte Ojos Locos. El calor corporal del ambiente los saludó y los invitó a transpirar. Poco importó, faltaban pocos minutos para ver a la banda que tanto admiraban.

Omar Chabán tomó protagonismo en el escenario, exclamando que no tenían que prender bengalas porque sino “se prendería fuego el lugar”. Tanto Fede como Agus se miraron y coincidieron en que era una frase poco agradable para abrir un show, y luego todo pasó a segundo plano porque Patricio Fontanet, cantante de Callejeros, dio sus primeros pasos frente al público.

Sonaron las primeras notas de Distinto y la gente se embadurnó en excitación. Gritaron la letra con la intención de hacerle coros a Fontanet, y entregarse por completo a una función más de rock nacional.

A la izquierda de donde se encontraba Fede y su grupo, un joven decidió prender una candela y las pequeñas bolas de fuego comenzaron a saltar. Agustina dijo “vámonos” y un amigo suyo le respondió “no pasa nada”.

Muchas veces se habla de que unos simples minutos pueden sentirse eternos. La espera encarcela a una percepción del tiempo más tediosa. Este no fue el caso.

Un segundo que sintieron fugaz. Se abrió frente a sus ojos el telón de una mediasombra que no pertenecía ahí. Se anunció con una llama paralizadora, y una coreografía de desesperación protagonizó la escena. Corrieron sin saber a dónde. Aquellos que tuvieron la intención de dirigirse a la salida de emergencia, se encontraron con la puerta cerrada y con candado. Mientras su inconsciente le pedía al cuerpo que no se paralice, Federico y su hermana se apresuraron a saltar la barra de tragos que se encontraba atrás suyo. Las luces del local se apagaron por completo, y sólo quedaba el instinto. Sólo el instinto. Le tenían que pedir lucidez a un impulso que estaba siendo castigado por el miedo.

Se encontraron con unas puertas similares a las del cine, que al tirar o empujar se abrían de igual manera, pero éstas tenían una traba puesta. Una estampida la rompió, y la caída de la gente fue similar a un dominó. Federico tenía su mejilla impregnada en el suelo, perdió de vista a su hermana. Lo que antes era un caos, se transformó lentamente en tristeza. Los gritos cesaron con el paso de los minutos, sólo se escuchaban murmullos a lo lejos, pero el ambiente fantasmal predominaba en el lugar.

Ahí estaba él. En el piso, sin poder moverse. Vio un par de piernas y su forma de pedir ayuda en silencio fue levantar su brazo con las fuerzas que le quedaban, y agarrarle la pierna a un bombero que había logrado ingresar al local. "Acá hay uno vivo" fue la frase que escuchó Fede. Tiraron de sus brazos y no conseguían moverlo. Tenía cinco metros de personas encima suyo. Otro bombero notó la situación, y se deslizó hacia el otro lado para ayudar a liberarlo y sacarlo de allí lo más pronto posible.

Si bien lo rescataron por notar signos vitales, él no creía estar vivo. El shock, la disociación, las imágenes. Las sensaciones, los gritos y el silencio.

Luego de varias cachetadas que recibió por parte de sus amigos mientras buscaban despertarlo, su primera frase fue: "Andá a buscar a mi hermana." Y es que Agustina debía haber sido la primera en salir, pero no tenían rastros de ella.

Apareció después de divagar en una circunstancia paralizante, pero a su hermano sólo le importaba estar con ella. La tranquilidad de saber que, por más frialdad que hayan tenido que atravesar esa noche, aún estaba el calor del amor familiar.

Los hermanos Claramut pasaron la instancia médica, la cual requirió tubos de oxígeno para recuperar el aire. El caso fue llevado a la justicia, y ellos se comprometieron a colaborar para exponer cada falencia que perteneció a Cromañon. 194 personas murieron esa noche.

*****

Podemos imaginar un lugar perfecto, todo eso a lo que la música y el sentir sugiere, pero el ser humano no podría aguantar tanto placer, y es ahí donde elige cegarse prohibiendo los condimentos del humilde sensacional.

El tiempo pasaba y los homenajes se multiplicaban. Zapatillas colgadas en los cables de la calle, paredes pintadas con nombres y rostros. Fotos con velas prendidas en frente suyo. Frases que se supone que deberían motivar a quien la lea, pero sólo consiguieron lágrimas y nostalgia. Fue la primera vez en la que, muchos, dimensionaron que su amor era tan grande como su tristeza.

Para muchos, el pedido de justicia fue un intento de recomponer lo que había sido violentado. Para otros, implicó exponerse a una demagogia que amenazaba con romper el corazón de quienes sí sabían qué errores dieron el presente en ese local.

Creen que asustaría tanta perfección, por eso tratan de hacernos olvidar de aquellos rocanroles, que fueron motivo, pero hoy se encuentran sin destino.

Culparon al alcohol, la vestimenta, y las costumbres de los espectadores. Federico tuvo que sentarse a escuchar, año tras año, cómo aseguraban aspectos de los fallecidos y heridos, sin saber cómo fueron las cosas realmente. Él perdió a un amigo ese día. Él entró, luchó y salió. Él pudo ver luego una bandera con los ojos de la hermana, en representación de los sobrevivientes. Él sabe cómo se sintió estar cara a cara con la incertidumbre, y en ninguna de esas sensaciones apareció el alcohol como factor desencadenante. Le dolió cada prejuicio, y se propuso buscar maneras de exponer el daño que estaban causando, y sanarlo.

*****

¿Quién tiene la llave al paraíso? No queremos más este sentimiento vacío, de creernos una parte menor. La careta gris pesa, y merecemos algo superior.

Pasó el tiempo. Año 2024, y Federico es papá de una nena. Su pareja es sobreviviente de Cromañón, al igual que su hermana. Varios amigos suyos también.

Formó una banda, brinda shows y es parte de una organización que pide (explícitamente en el nombre) que no les expliquen cómo fue esa noche. Porque ellos estuvieron ahí, vieron y vivieron la desidia en carne propia, y no necesitan desmenuzar más angustias sin conclusiones llevaderas.

*****

Dicen que las luces se apagaron, pero en realidad abrían paso. Las canciones y las almas de verano se unieron de noche para ser hoy nuestro faro.

"Sin Quebrarse" es el nombre de la canción que compuso Federico para la organización No Nos Cuenten Cromañón. Durante 20 años, y los que vendrán, sobrevivientes y familiares se unieron para establecer un mismo principio: Nada ni nadie podrá quitarles la voz. "Siempre a su paso, libertad. Hija del pulso natural de no callarse" proclama esa melodía. 

martes, 6 de febrero de 2024

-Adelanto del cuento "Kilómetros"-

"Pasaron meses y me siento a releer lo que me hiciste sentir. Es curioso porque no puedo recordar ni un cinco por ciento de todo lo que dolía. Sabía que no lo iba a guardar en mi memoria. Funciono así desde que empecé a experimentar este tipo de relaciones. Yo insisto, persisto, evito desistir porque cuando la amnesia me invita a salir me resulta inevitable decirle que no. Y es que ella llega siempre puntual, nunca da falsos avisos. Si llega, tiene un por qué. No la cuestiono, sólo me alisto y emprendemos una nueva aventura. Pierdo la memoria cuando llega el verdadero momento de irse. Cuando lo externo entiende cosas que aún mi razón no percibe, y dejo que mi instinto tome las riendas.

Si me detengo a pensar, tengo una leve sensación de verme rogándote, convencida de que si no cedías, no habría vuelta atrás. No me escuchaste. Pensaste que era una de las tantas veces que amagué con mi huida. Ya no importaba qué tan fuerte fuera mi grito, yo ya no hacía las paces con tu audición. El curioso caso del sordo que sin escucharme, tenía el poder de herirme. Uno supondría que quien pierde un sentido estaría haciendo hasta lo imposible para recuperarlo, pero vos seguiste como si nunca hubieses tenido esa capacidad. No te preocupaba no oír, querías dejar en claro que el sonido que yo hiciera sería absurdo.

Me deshizo, destruyó cada mundo que formaba parte de mi importancia, y yo aún me rehúso a compartir mis escritos sobre ese corazón roto para que no se sienta mal. Tengo empatía por un alma que muestra estar más corrupta que la mía, mucho más. No empatizo con la persona que usó su tiempo en la tierra para lastimar a otras. Empatizo con el ser que no comprendió cuál era su verdadera meta en esta vida. Yo podré haberlo sufrido, pero él sangra y no lo percibe."

Sin pronunciarte

-mayo 2022-

Es la primera vez que te escribo, y tal vez me animo porque sé que no me vas a leer. No tengo muchos ánimos de repasar nuestra relación, ni cada momento que pasamos, al menos no por ahora. Sigo haciendo el duelo, aunque a veces imagine que en otro plano nos salió bien. Lo que sí me gustaría es que charlemos sobre aquello que callamos tanto tiempo.

No es sencillo dejarse querer, incluso actualmente tengo problemas con ese asunto. Me está costando mucho escribirte esto, porque no tengo tanto para decir. O tal vez sí, pero no vale de nada. Ni vos ni yo seguimos acá, nos fuimos a otro plano. Se cumplieron los diez años de habernos conocido y empezó la despedida sin que nos diéramos cuenta. Quizás por eso quise hacer esto, porque ya no estás. Le escribo al que fuiste y a la que fui. A los que fuimos y no pudimos ser. Voy a jugar a que sos mi diario íntimo. Me da la tranquilidad de que puedo contar lo que pienso y no me van a juzgar más.

Querido Danny: Pasaron muchas cosas. ¿Te acordás que cuando éramos chicos nos gustamos? Cuando pienso en eso me río. No porque haya pasado lo que imaginábamos, sino porque ante tanta carga negativa, vos siempre tenías un chiste. Siempre tuve la risa fácil con vos (o teníamos el mismo sentido del humor). En aquel entonces quise priorizar el bienestar de una amiga, y callé lo que sentía por vos, pero pasó algo mágico. ¿Te acordás que nos gustaba mucho decir que todo pasaba por algo? Esa obra de teatro fue la llave que necesitábamos para contarle nuestro secreto al mundo. Las profesoras nos dijeron que el autor era Alejandro Casona, pero nunca les confesamos que nosotros la escribimos. O eso creí siempre, porque me sorprendía que cada palabra que dijera mi personaje, era lo que yo sentía por vos. ¿Cuál es el límite de la coincidencia? En el escenario yo tenía la libertad de mostrarte lo que me generabas, y la certeza de que vos sentías lo mismo. ¿Qué tan simple hubiese sido la historia si nuestra vida se desarrollaba en un escenario? Nos entendíamos tan bien ahí arriba. Cada espectador de esa noche nos felicitó por actuar tan bien. ¡Los estafamos, Danny! Pagaron su entrada para ver actuaciones, y sólo les mostramos realidad.

Cuando el teatro nos llevó a actuar en Calle Corrientes mientras publicitábamos nuestro nuevo proyecto, funcionó aún mejor. No existía el escenario, nos rodeaba gente común y corriente, y la magia siguió. Creció. Me pongo arisca muy rápido, pero en esa época era un lujo que pasemos siete horas juntos todos los días. Cuánto me hacías reír... ¡Casi me hago pis encima frente a nuestro director!

Decidiste dirigir y producir tu propia obra de teatro, y cuando te escuché leer el último acto me emocioné. ¿Cómo tanto talento puede entrar en una misma persona? Compartimos clases de comedia musical, y cuando terminé mi escena, fuiste el único que se paró para aplaudirme. 

Te fui a ver cantar el mismo día que Racing jugaba el clásico. ¡El clásico! Y estuve ahí porque sabía lo importante que era para vos, eran tus primeros pasos con un micrófono y una melodía de fondo. Racing ganó 3-1, yo gané mucho más. Estabas tan inspirado que lograste que un tango me atravesara completamente. Cuando te miraba cantar o actuar, sonreía. Sin pensar en la escena, sólo admiraba lo que estabas haciendo. Te creía. Dejabas de ser Danny, tomabas el rol de cada personaje de una forma muy profesional, y en cada minuto afirmaba que era tu fan número uno.

Ay Danny, cuánto cambiaría el ser humano si se anticipase a los hechos, pero cuánto perdería. Aprendí tanto con vos. Fuiste la persona con la que más risas compartí. La que quería ver todo el tiempo. Si veía a los demás y a vos no, tu ausencia me aturdía. Lamento que el costo del aprendizaje haya sido nuestra relación. Lamento que dicho sacrificio nos tapara los ojos a la hora de tomar la decisión.

Si hoy puedo ver las cosas con más claridad, es porque necesité tener una venda todo este tiempo. Me despertó el resto de los sentidos. Tengo la piel más dura y los sentimientos más blandos. Tengo mayor convicción y menor dependencia. ¿Cómo podíamos funcionar si no nos queríamos ni a nosotros mismos? Me acuerdo cada palabra que dijiste esa noche de febrero, y las abrazo. Confío en ellas, aunque el miedo de que mientas intente boicotearme. El amor que no se ventila, suele ser el más sincero. Y yo te adoré, en silencio, pero lo hice. Te acompañé y te abracé cuantas veces quise y me permitiste, porque verte crecer fue tan especial.

Prometo escribirte pronto, aún hay mucho por contarte. Ya te fuiste, pero Grease sigue.

Con amor y con humor.

Tu fan N°1.

Sandy.

domingo, 17 de julio de 2022

Sin aqua

Dudo que se trate de una profecía autocumplida, más bien son años de atención prestada. Fui paciente, insistente, relajada e intensa. Cambié, pensé, hablé y callé. Probé muchas maneras de preparar mi corazón para que luciera cómodo y acogedor. Lo hice con la inocencia de mi adolescencia, y con la pronta experiencia de mi adultez. Cada vez que invitaba a alguien a que tome asiento y se tome un café, les creía cuando me decían que no les gustaba, pero que con agua estaban bien. Porque yo tenía todo, no había problema en darles lo que necesitaban.

Tanta era su sed que me fui quedando sin recursos, y cuando pedí que compraran lo que consumieron, simplemente se fueron.

"Estoy apurado" me dijo uno. "Me esperan en casa" "No quería tomar agua, me quedé porque insististe" me respondieron otros.

Guardé la botella que me quedaba, y traté de descansar.

Alguien tocó la puerta, lo dejé pasar porque afuera ya hacía frío, y me dijo que tenía mucha sed. Sin dejarlo terminar, le advertí: "Tengo una sola botella y no tengo forma de comprar más, no puedo seguir con la boca seca."

Me respondió que él iba a traer más, pero necesitaba tomar urgente para recuperar sus fuerzas. Le repetí que no lo iba a hacer, que nadie lo hace. Que una vez que una persona sacia una necesidad, olvida la urgencia que sintió y quién ayudó a satisfacerla.

Se mantuvo firme con su promesa, eligió no creer. Y yo le creí.

Lo vi levantarse con mucha más luz de la que entró, sus labios ya no estaban quebrados por la deshidratación y yo estaba ansiosa por mostrar mi luminosidad, una vez que él repusiera las botellas. Era mi momento de tomar agua.

Con la ilusión en mis ojos, tomé su mano para ir a buscar más provisiones.

Me respondió que no iba a ser posible, que él estaba haciendo su camino y se topó con mi casa. Me agradeció por la ayuda, me recitó que sin ella él estaría perdido, pero que ya era momento de irse.

Con lágrimas resignadas le abrí la puerta, con miedo a cerrarla porque ya no tenía con qué calmar mi sed.

Él no me creyó, pero yo tenía las botellas contadas.

Quedarme queriendo agua yo sola no es una frase por paranoia. Es una experiencia que, tristemente, se repite una vez más.

martes, 24 de mayo de 2022

Me quité la vida

Me quité la vida a los dieciséis años. Sentí mucho frío en la primera decepción, me congelé en la segunda, y en la tercera ya nada me dolía. Olvidé lo que era conversar, porque cada intercambio verbal que intenté mantener se transformó en discusión y lejanía. Comprendí que mi presencia sólo interrumpió la parsimonia de mi entorno, y en un último acto de amor, la disipé por completo para que volvieran a sentirse en calma. Me disculpé por los disturbios en cada paso que di para construir la distancia. Escuché sus risas a medida que yo avanzaba, y lloré por mi, pero celebré por ellos.

Si supieran el amor que requiere entender que la única forma de amarlos era alejándome… ¿Cómo le explicás al ego que la inexistencia de tu persona va a perpetuar tus sentimientos en lugar de hacerlo vos mismo? ¿Qué tan derrotado tiene que estar uno para hacer las paces con su irrelevancia?

Quise estar en el nacimiento de él, en el crecimiento de ella. En las anécdotas de aquel, y en la contención de ella. Tanto quise, que sólo quise. La mente jugó tanto con la imaginación, que agotó las posibilidades y dejó a la realidad sedienta de ellas.

Me quité la vida a los dieciséis años, casi diecisiete. El cuarto blanco pasó a ser negro por la persiana sometida a su más bajo nivel. La llave de mi puerta tenía más miedo que yo cada vez que la utilizaba para impedir que alguien la abriera sin mi consentimiento. La obligué a cumplir su trabajo igual, no me iba a convencer de lo contrario. El cóctel más peligroso está compuesto por desidia e intrascendencia. Hace tiempo no sentía temor, porque lo tenebroso disfrazado de seguridad convence hasta al mejor detective.

¿Cuándo alguien es considerado buen actor? ¿Cuando deja de ser impostor, o cuando notás que lo fue? ¿Cómo notás que lo fue? ¿Cuando te lo confiesa o cuando te percatás de que su mirada cambia según el discurso? En mi caso, no sé cómo actué. Pensé ser evidente, pero me vieron normal porque nunca se acercaron a preguntar de qué se trataba mi obra. ¿Fue una obra?

Me quité la vida a los casi diecisiete años. Dejé de pedir disculpas por aquello que nadie me reclamaba. Por un tiempo sentía que mi ausencia causaba incertidumbre a mis seres queridos, pero cuando tomé la decisión me encontré con que era lo que ellos pedían en silencio. Olvidé cómo comandar mis piernas, y sólo me mantuvo despierta el mundo guionado de una película cliché.

Si se trata de un acto de cobardía, yo fui aún más cobarde. Analicé sólo opciones indoloras, no me atreví a sufrir en el sacrificio. Pastillas, tal vez, pero no sabría cuáles. Quizás sobrevivía si no tomaba las correctas. Escape de gas, sin querer, pero no tenía dónde quedarme dormida a solas. Por último, apelé a Dios y a que me conceda un único deseo: Hacerme olvidar de cómo se respira. Pero seguí respirando.

¿Cómo se le llama a respirar sin tener vida? ¿Acaso era un suceso extraordinario?

Le quité la vida a mi respiración, dejé de creer. Me despedí de la risa, me enemisté con la confianza y le dí el beso de la muerte al amor. Me quité la vida en cada noche en soledad, cada recreo en el mismo escritorio, cada mirada de reojo a esos compañeros que pudieron ser amigos pero no estaban seguros de serlo. 

Cada experiencia que me prohibía vivir, me quitó la vida. Cada palabra que no dije, cada sentimiento que no manifesté, me quitó la vida. Una pulsación menos por momento no atravesado. ¿No es un trato cruel? Cuando me di cuenta de la injusticia del negocio, ya era tarde. Mi desgano puso la firma, y un manto oscuro cubrió la balanza.

Saber afrontar una contradicción no es un acto apto para cualquiera, y yo, sin vida, me encontré cara a cara con la mayor de ellas. Un bebé de dos meses soltó un llanto desde la otra habitación para que su mamá le diera de comer, y yo me encontraba a cinco metros con una carta de parte del hambre que me decía “me dejaste de necesitar”. ¿Cómo recobro las necesidades de un recién nacido? Extraño las señales. Los indicios de un ser vivo. El pensamiento, el sentimiento, el cuerpo, el hambre. Dos meses contra casi diecisiete años. Si hubiésemos podido conversar, ¿cómo le explicaba que lo vital, aún sabiéndose mortal, sólo perdura con suerte?

No podía. Claro, él no hablaba y quizás lo que escuchaba no era más que un bullicio, pero yo necesitaba explicarle. O que él me explicara a mi qué se sentía tener hambre, calor, latidos en el pecho.

Lo curioso de quitarse la vida es que primero te enterás vos, y con delay el resto. Yo ya no estaba, y el único que parecía hablarme desde aquel plano era él. Casi tres meses contra diecisiete años. Mi cuerpo ya estaba configurado en automático, era cuestión de tiempo para que dejara de funcionar. Dentro del manojo de actividades que realizaba para acompañar a las agujas del reloj, me encontré sosteniendo a tres meses y unos días. Lo hice reír, le saqué una mirada de nombre pura y apellido novedosa, y ahí empezó la charla.

Mi única prueba para verificar que la telepatía existía, fue aquel encuentro de ojos. La misma no se manifiesta en el lenguaje que conocemos. No sé cómo nos dijimos cosas, pero él las sabe y yo también. Fue su forma de hacerme RCP. Quiso traerme de vuelta, y me quebré en llanto por dentro.

¿Por qué me quieren de vuelta? ¿Será la primera vez que me voy sin avisar y averiguan por qué me fui? ¿O será que no importa el motivo del exilio, sino que finalmente me quede?

Cinco meses, casi seis. Se rió en una habitación mientras le cambian los pañales.

Diecisiete años. Retiré la llave de la puerta y suspiré mientras mi estómago crujía.

Señales de seres vivos.

Pulsaciones devueltas.

La vida que volvió.



viernes, 1 de abril de 2022

Sinfonía incompleta - Parte 1

Con los nervios de una primera cita, golpeó suavemente su pierna para mostrar su intención de acercamiento. Ella lo notó, y apoyó su cabeza a su hombro. Como si hubiera un imán, se giraron lentamente para que sus labios quedaran a milímetros de distancia. Se fundieron en un beso lento, con caricias en la cara, y la sensación de que el mundo había frenado. La película hizo sonar una orquesta a todo volumen, y ellos seguían fundidos en un beso vestido de momento correcto.

365 días después, ella volvió al cine. Se ubicó en su butaca, apagaron las luces, y quedó ahí. Inmóvil por dos horas, mientras las lágrimas caían lentamente por sus mejillas. Sus piernas no recibieron las caricias de nadie, su cabeza no tuvo dónde reposar, y cuando sonó la orquesta, no recibió su beso. Su única compañía fue la fría angustia certera de extrañar lo que ya no es.