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lunes, 30 de diciembre de 2024

Rocanroles con destino

Fuimos testigos de un show distinto, sólo sé que no sabíamos. Sería una pena que no contemplemos la belleza colateral. Aunque se proclame que no hay nada peor, hay algo mejor, y es el calor rebelde, agitador y revolucionario de nuestras voces.

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Noche. Verano. Vísperas de año nuevo. La peregrinación a la misa rutinaria con agua bendita pero saborizada. La adrenalina de estar en camino a pasar tres horas en un espacio techado y con los parlantes a su máxima potencia. La inevitable e ingenua sensación de querer presenciar lo que luego serían anécdotas. Una más para la colección.

Federico había decidido asistir a un recital. Condicionado por su posibilidad económica, se vio sometido a una suerte de sorteo. Había tres fechas para elegir, y Rocanroles sin destino fue el elegido. Callejeros iba a tocar ese disco en vivo, y él le propuso a su hermana Agustina cerrar el año de esa manera.

Atravesaron los controles del boliche y, aunque les pareció algo excesivo ya que les hicieron sacar los zapatos, optaron por ignorar el hecho y poner su atención en disfrutar la noche.

Una vez dentro, se encontraron con amigos y conocidos suyos para poder ver a la banda soporte Ojos Locos. El calor corporal del ambiente los saludó y los invitó a transpirar. Poco importó, faltaban pocos minutos para ver a la banda que tanto admiraban.

Omar Chabán tomó protagonismo en el escenario, exclamando que no tenían que prender bengalas porque sino “se prendería fuego el lugar”. Tanto Fede como Agus se miraron y coincidieron en que era una frase poco agradable para abrir un show, y luego todo pasó a segundo plano porque Patricio Fontanet, cantante de Callejeros, dio sus primeros pasos frente al público.

Sonaron las primeras notas de Distinto y la gente se embadurnó en excitación. Gritaron la letra con la intención de hacerle coros a Fontanet, y entregarse por completo a una función más de rock nacional.

A la izquierda de donde se encontraba Fede y su grupo, un joven decidió prender una candela y las pequeñas bolas de fuego comenzaron a saltar. Agustina dijo “vámonos” y un amigo suyo le respondió “no pasa nada”.

Muchas veces se habla de que unos simples minutos pueden sentirse eternos. La espera encarcela a una percepción del tiempo más tediosa. Este no fue el caso.

Un segundo que sintieron fugaz. Se abrió frente a sus ojos el telón de una mediasombra que no pertenecía ahí. Se anunció con una llama paralizadora, y una coreografía de desesperación protagonizó la escena. Corrieron sin saber a dónde. Aquellos que tuvieron la intención de dirigirse a la salida de emergencia, se encontraron con la puerta cerrada y con candado. Mientras su inconsciente le pedía al cuerpo que no se paralice, Federico y su hermana se apresuraron a saltar la barra de tragos que se encontraba atrás suyo. Las luces del local se apagaron por completo, y sólo quedaba el instinto. Sólo el instinto. Le tenían que pedir lucidez a un impulso que estaba siendo castigado por el miedo.

Se encontraron con unas puertas similares a las del cine, que al tirar o empujar se abrían de igual manera, pero éstas tenían una traba puesta. Una estampida la rompió, y la caída de la gente fue similar a un dominó. Federico tenía su mejilla impregnada en el suelo, perdió de vista a su hermana. Lo que antes era un caos, se transformó lentamente en tristeza. Los gritos cesaron con el paso de los minutos, sólo se escuchaban murmullos a lo lejos, pero el ambiente fantasmal predominaba en el lugar.

Ahí estaba él. En el piso, sin poder moverse. Vio un par de piernas y su forma de pedir ayuda en silencio fue levantar su brazo con las fuerzas que le quedaban, y agarrarle la pierna a un bombero que había logrado ingresar al local. "Acá hay uno vivo" fue la frase que escuchó Fede. Tiraron de sus brazos y no conseguían moverlo. Tenía cinco metros de personas encima suyo. Otro bombero notó la situación, y se deslizó hacia el otro lado para ayudar a liberarlo y sacarlo de allí lo más pronto posible.

Si bien lo rescataron por notar signos vitales, él no creía estar vivo. El shock, la disociación, las imágenes. Las sensaciones, los gritos y el silencio.

Luego de varias cachetadas que recibió por parte de sus amigos mientras buscaban despertarlo, su primera frase fue: "Andá a buscar a mi hermana." Y es que Agustina debía haber sido la primera en salir, pero no tenían rastros de ella.

Apareció después de divagar en una circunstancia paralizante, pero a su hermano sólo le importaba estar con ella. La tranquilidad de saber que, por más frialdad que hayan tenido que atravesar esa noche, aún estaba el calor del amor familiar.

Los hermanos Claramut pasaron la instancia médica, la cual requirió tubos de oxígeno para recuperar el aire. El caso fue llevado a la justicia, y ellos se comprometieron a colaborar para exponer cada falencia que perteneció a Cromañon. 194 personas murieron esa noche.

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Podemos imaginar un lugar perfecto, todo eso a lo que la música y el sentir sugiere, pero el ser humano no podría aguantar tanto placer, y es ahí donde elige cegarse prohibiendo los condimentos del humilde sensacional.

El tiempo pasaba y los homenajes se multiplicaban. Zapatillas colgadas en los cables de la calle, paredes pintadas con nombres y rostros. Fotos con velas prendidas en frente suyo. Frases que se supone que deberían motivar a quien la lea, pero sólo consiguieron lágrimas y nostalgia. Fue la primera vez en la que, muchos, dimensionaron que su amor era tan grande como su tristeza.

Para muchos, el pedido de justicia fue un intento de recomponer lo que había sido violentado. Para otros, implicó exponerse a una demagogia que amenazaba con romper el corazón de quienes sí sabían qué errores dieron el presente en ese local.

Creen que asustaría tanta perfección, por eso tratan de hacernos olvidar de aquellos rocanroles, que fueron motivo, pero hoy se encuentran sin destino.

Culparon al alcohol, la vestimenta, y las costumbres de los espectadores. Federico tuvo que sentarse a escuchar, año tras año, cómo aseguraban aspectos de los fallecidos y heridos, sin saber cómo fueron las cosas realmente. Él perdió a un amigo ese día. Él entró, luchó y salió. Él pudo ver luego una bandera con los ojos de la hermana, en representación de los sobrevivientes. Él sabe cómo se sintió estar cara a cara con la incertidumbre, y en ninguna de esas sensaciones apareció el alcohol como factor desencadenante. Le dolió cada prejuicio, y se propuso buscar maneras de exponer el daño que estaban causando, y sanarlo.

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¿Quién tiene la llave al paraíso? No queremos más este sentimiento vacío, de creernos una parte menor. La careta gris pesa, y merecemos algo superior.

Pasó el tiempo. Año 2024, y Federico es papá de una nena. Su pareja es sobreviviente de Cromañón, al igual que su hermana. Varios amigos suyos también.

Formó una banda, brinda shows y es parte de una organización que pide (explícitamente en el nombre) que no les expliquen cómo fue esa noche. Porque ellos estuvieron ahí, vieron y vivieron la desidia en carne propia, y no necesitan desmenuzar más angustias sin conclusiones llevaderas.

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Dicen que las luces se apagaron, pero en realidad abrían paso. Las canciones y las almas de verano se unieron de noche para ser hoy nuestro faro.

"Sin Quebrarse" es el nombre de la canción que compuso Federico para la organización No Nos Cuenten Cromañón. Durante 20 años, y los que vendrán, sobrevivientes y familiares se unieron para establecer un mismo principio: Nada ni nadie podrá quitarles la voz. "Siempre a su paso, libertad. Hija del pulso natural de no callarse" proclama esa melodía. 

martes, 6 de febrero de 2024

-Adelanto del cuento "Kilómetros"-

"Pasaron meses y me siento a releer lo que me hiciste sentir. Es curioso porque no puedo recordar ni un cinco por ciento de todo lo que dolía. Sabía que no lo iba a guardar en mi memoria. Funciono así desde que empecé a experimentar este tipo de relaciones. Yo insisto, persisto, evito desistir porque cuando la amnesia me invita a salir me resulta inevitable decirle que no. Y es que ella llega siempre puntual, nunca da falsos avisos. Si llega, tiene un por qué. No la cuestiono, sólo me alisto y emprendemos una nueva aventura. Pierdo la memoria cuando llega el verdadero momento de irse. Cuando lo externo entiende cosas que aún mi razón no percibe, y dejo que mi instinto tome las riendas.

Si me detengo a pensar, tengo una leve sensación de verme rogándote, convencida de que si no cedías, no habría vuelta atrás. No me escuchaste. Pensaste que era una de las tantas veces que amagué con mi huida. Ya no importaba qué tan fuerte fuera mi grito, yo ya no hacía las paces con tu audición. El curioso caso del sordo que sin escucharme, tenía el poder de herirme. Uno supondría que quien pierde un sentido estaría haciendo hasta lo imposible para recuperarlo, pero vos seguiste como si nunca hubieses tenido esa capacidad. No te preocupaba no oír, querías dejar en claro que el sonido que yo hiciera sería absurdo.

Me deshizo, destruyó cada mundo que formaba parte de mi importancia, y yo aún me rehúso a compartir mis escritos sobre ese corazón roto para que no se sienta mal. Tengo empatía por un alma que muestra estar más corrupta que la mía, mucho más. No empatizo con la persona que usó su tiempo en la tierra para lastimar a otras. Empatizo con el ser que no comprendió cuál era su verdadera meta en esta vida. Yo podré haberlo sufrido, pero él sangra y no lo percibe."

Sin pronunciarte

-mayo 2022-

Es la primera vez que te escribo, y tal vez me animo porque sé que no me vas a leer. No tengo muchos ánimos de repasar nuestra relación, ni cada momento que pasamos, al menos no por ahora. Sigo haciendo el duelo, aunque a veces imagine que en otro plano nos salió bien. Lo que sí me gustaría es que charlemos sobre aquello que callamos tanto tiempo.

No es sencillo dejarse querer, incluso actualmente tengo problemas con ese asunto. Me está costando mucho escribirte esto, porque no tengo tanto para decir. O tal vez sí, pero no vale de nada. Ni vos ni yo seguimos acá, nos fuimos a otro plano. Se cumplieron los diez años de habernos conocido y empezó la despedida sin que nos diéramos cuenta. Quizás por eso quise hacer esto, porque ya no estás. Le escribo al que fuiste y a la que fui. A los que fuimos y no pudimos ser. Voy a jugar a que sos mi diario íntimo. Me da la tranquilidad de que puedo contar lo que pienso y no me van a juzgar más.

Querido Danny: Pasaron muchas cosas. ¿Te acordás que cuando éramos chicos nos gustamos? Cuando pienso en eso me río. No porque haya pasado lo que imaginábamos, sino porque ante tanta carga negativa, vos siempre tenías un chiste. Siempre tuve la risa fácil con vos (o teníamos el mismo sentido del humor). En aquel entonces quise priorizar el bienestar de una amiga, y callé lo que sentía por vos, pero pasó algo mágico. ¿Te acordás que nos gustaba mucho decir que todo pasaba por algo? Esa obra de teatro fue la llave que necesitábamos para contarle nuestro secreto al mundo. Las profesoras nos dijeron que el autor era Alejandro Casona, pero nunca les confesamos que nosotros la escribimos. O eso creí siempre, porque me sorprendía que cada palabra que dijera mi personaje, era lo que yo sentía por vos. ¿Cuál es el límite de la coincidencia? En el escenario yo tenía la libertad de mostrarte lo que me generabas, y la certeza de que vos sentías lo mismo. ¿Qué tan simple hubiese sido la historia si nuestra vida se desarrollaba en un escenario? Nos entendíamos tan bien ahí arriba. Cada espectador de esa noche nos felicitó por actuar tan bien. ¡Los estafamos, Danny! Pagaron su entrada para ver actuaciones, y sólo les mostramos realidad.

Cuando el teatro nos llevó a actuar en Calle Corrientes mientras publicitábamos nuestro nuevo proyecto, funcionó aún mejor. No existía el escenario, nos rodeaba gente común y corriente, y la magia siguió. Creció. Me pongo arisca muy rápido, pero en esa época era un lujo que pasemos siete horas juntos todos los días. Cuánto me hacías reír... ¡Casi me hago pis encima frente a nuestro director!

Decidiste dirigir y producir tu propia obra de teatro, y cuando te escuché leer el último acto me emocioné. ¿Cómo tanto talento puede entrar en una misma persona? Compartimos clases de comedia musical, y cuando terminé mi escena, fuiste el único que se paró para aplaudirme. 

Te fui a ver cantar el mismo día que Racing jugaba el clásico. ¡El clásico! Y estuve ahí porque sabía lo importante que era para vos, eran tus primeros pasos con un micrófono y una melodía de fondo. Racing ganó 3-1, yo gané mucho más. Estabas tan inspirado que lograste que un tango me atravesara completamente. Cuando te miraba cantar o actuar, sonreía. Sin pensar en la escena, sólo admiraba lo que estabas haciendo. Te creía. Dejabas de ser Danny, tomabas el rol de cada personaje de una forma muy profesional, y en cada minuto afirmaba que era tu fan número uno.

Ay Danny, cuánto cambiaría el ser humano si se anticipase a los hechos, pero cuánto perdería. Aprendí tanto con vos. Fuiste la persona con la que más risas compartí. La que quería ver todo el tiempo. Si veía a los demás y a vos no, tu ausencia me aturdía. Lamento que el costo del aprendizaje haya sido nuestra relación. Lamento que dicho sacrificio nos tapara los ojos a la hora de tomar la decisión.

Si hoy puedo ver las cosas con más claridad, es porque necesité tener una venda todo este tiempo. Me despertó el resto de los sentidos. Tengo la piel más dura y los sentimientos más blandos. Tengo mayor convicción y menor dependencia. ¿Cómo podíamos funcionar si no nos queríamos ni a nosotros mismos? Me acuerdo cada palabra que dijiste esa noche de febrero, y las abrazo. Confío en ellas, aunque el miedo de que mientas intente boicotearme. El amor que no se ventila, suele ser el más sincero. Y yo te adoré, en silencio, pero lo hice. Te acompañé y te abracé cuantas veces quise y me permitiste, porque verte crecer fue tan especial.

Prometo escribirte pronto, aún hay mucho por contarte. Ya te fuiste, pero Grease sigue.

Con amor y con humor.

Tu fan N°1.

Sandy.