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martes, 20 de junio de 2017

Jugador

Noche fría en Buenos Aires, cinco grados de sensación térmica y te olvidaste los guantes. Juntas las manos e intentas de darle calor con un soplido y después las haces acariciarse para que se mantenga un poco más ese placentero momento entre tanto viento. Sacas el celular y los auriculares mientras vas caminando por las calles que parecen compartir tu soledad, y en el intento de desenredar lo que pronto iba a estar en tus oídos haces un movimiento brusco y te golpeas la mano contra una reja. Golpe seco, en un dedo... Es raro. Te doblas del dolor y no entendes el por qué. Fue un golpe leve, has recibido peores.
Cuando el cuerpo está frío, los golpes duelen el doble. Lo mismo pasa con el alma.
Ya habías decidido dejar de querer, estabas prendido fuego en amor y aún así quedaste sólo, ¿para qué volver a encender esa mecha?
Sin embargo, desde entonces cada golpe que te dio la vida te dolió un poco más. Y más. Y más.
Pensaste que eras inmune a esas reacciones, no entendes por qué duelen tanto si ya está, sos frío como entendías que la vida te decía que fueras.
Y ahí comprendiste. Fuiste un infierno en el acto de amar, pero tenías ese calor que amortiguaba los golpes, esos que dolían pero no tanto. Ahora sólo estas vos, vulnerable sin nada que te proteja, ni siquiera el incendio que es amarte a vos mismo. Amarse a uno mismo.
Quisieron ofrecerte volver a entrar sin matafuegos y te fuiste en silencio con patines de hielo en mano.
Ya dolió más de lo que debería, ya entendiste el juego y sus reglas.
En los ojos la complicidad, en la sonrisa el miedo. Esta vez no lo controlas.
¿Ardemos?

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