Apareció después de dos meses, con un mensaje directo y concreto sobre lo que quería hacer. Me salió una risa sin querer, y al instante se me vinieron nuestros recuerdos. Buenos y malos. Lo que me llama la atención es que, aún habiendo pasado por situaciones poco agradables, cuando aparece es como si nada de eso tuviera peso.
Lo tiene, créanme. No soy igual desde aquella madrugada bajo la lluvia, soy mejor, pero aparece con su caradurez y automáticamente empieza el baile. Casi por instinto, la seducción toma control y nos vemos sometidos a un ida y vuelta de deseo que no cumplimos, sólo nos aferramos a la fantasía.Creo que nos une la idea de tenernos, más que tenernos en sí. El imaginar tocarnos, y prometer que sucederá pronto, porque sabemos que no lo vamos a cumplir.
Me gusta llamarlo "El hermoso". Mis amigas ya lo identifican, no tiene sentido aprendernos el nombre. Si llega El hermoso, mis sentidos se reflejan en un carnaval carioca. La habitación presiente que, aún hablando diez minutos o una hora, su presencia hará eco.
Me tira videollamada y me alisto. Le veo la cara y sonrío. No lo extraño, pero me gusta que aparezca. Podría hasta pedirle que venga una vez al mes a renovarme la pasión. Soy socia vitalicia de esa boca.
Termina la llamada y me quedo mirando el techo, perpleja. Qué noche inesperada. Hace dos horas estaba llorando, ahora tengo su cara y sus caprichos acostados a mi lado. Hoy no cierro los ojos sola. Duermo con su impertinencia y los recuerdos que pocos conocen y nadie debe nombrar.
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