Un integrante de mi familia es conocido por su gran capacidad de análisis, tanto interna como externa. Fue pionero en priorizarse individualmente, lo que causó contagio en algunos de nosotros. Recuerdo haberle dicho que admiraba su capacidad de redirección: donde otros no encontraban motivos para moverse debido a algún dolor, él utilizaba esa misma emoción para hacerse preguntas. Nuevas y repetidas.
Podría decir que nos diferenciamos en ese punto, ya que me rijo más por lo emocional, pero sí aprendí de su evolución. No tanto en los momentos en los que coincidimos, sino en las veces que me animé a contradecirlo, porque pude crear mis propios argumentos, basados en mis reglas. Encontramos que había un gris siempre que conversábamos, y entendimos que cualquier exceso es dañino. Una persona completamente racional se vuelve incapaz de sentir; una persona absorbida por sus sentimientos se vuelve incapaz de razonar.
La primera vez que lo contradije fue en una de las tantas charlas que se generaron a raíz de la cuarentena. Él sostenía la importancia de movilizarse con autonomía y que para poder entregarse a cualquier vínculo (familiar, amoroso, de amistad), uno tenía que ordenarse primordialmente. Le di la razón, y luego de unos meses exploté. Fue, quizás, uno de los momentos más importantes de mi vida. Había pasado más de 90 días analizándome, redescubriéndome después de varios años de estar a disposición de los demás, y encontré tantas cosas que entendí que iba a seguir haciéndolo. Que no soy sólo la parte que muestro en soledad, sino también aquello que se despierta en mí cuando hay un intercambio. A medida que fui reconstruyendo mis nuevas definiciones de mi "yo", fui a confrontarlo. Enojada y con mucha angustia dentro, le dije que no es cierto que nos necesitemos enteros para vincularnos con un otro. Nadie está entero, todos lidiamos con desafíos y cuestionamientos, y ese es el verdadero juego. ¿De qué sirve salir campeón de un juego donde todos los niveles eran a prueba de niños de 3 años? Ni un enemigo, ruta compleja ni pisos que se caigan. ¿A quién le puede entretener lo conocido? Es monótono, llano.
Dos años después lo hablé en terapia, profundizando mi autodescubrimiento. Mi psicóloga me planteó el concepto de la traición del control. En aquel momento yo tenía ataques de ansiedad, lo que derivaba en preguntas sin fin, sobrepensar escenarios y terminaba los días con un cansancio insoportable. No quería que me sorprendiera algo negativo, intenté estar un paso adelante de todo después de haber sufrido. Indagó en ciertos lugares y descubrí que mi deseo de control no nacía de querer saber sobre los demás, sino de querer saber sobre mí. Mi taquicardia no se debía al silencio del otro, sino al propio. Me dio como tarea enumerar las cosas que yo quería decir en voz alta y no me atrevía, y al leerlas, lloré con alivio. Filosofamos sobre la seguridad y lo que significaba para cada una, llegando a una conclusión que me acompaña desde entonces: No se trata de evitar un conflicto, sino de confiar en que uno tiene las capacidades para atravesarlo.
No es cierto que nos necesitemos enteros para vincularnos, lo que sí necesitamos entera es la confianza propia. La certeza de que, sea el conflicto que sea, vamos a contar con la habilidad para resolverlo. Y si descubrimos que no teníamos las herramientas, aprender a pedirlas.
Robert Louis Stevenson, autor de "El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde", escribió: "Quiéreme cuando menos lo merezca, será cuando más lo necesite."
La usé como principal sostén de mi argumento y desarrollé que este integrante no sólo no estaba completo como vociferaba que había que estarlo, sino que él amaba a personas que tampoco lo estaban. Y eso es lo que marcaba la diferencia: hay aprendizajes que sólo se ganan siendo atravesados por el amor. El mayor exponente de lo irracional.
Hay saltos de fe que demandan ser realizados, y la única forma de disfrutar el vértigo es confiando en nuestra propia capacidad de caer con estilo.
Relacionarse es, sin más, contribuir al crecimiento mutuo e individual.
Y quizás el día menos esperado... ¡en una risa nos volvamos a encontrar!
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jueves, 27 de agosto de 2026
Razón o zoronca
domingo, 23 de agosto de 2026
La excepción y su regla
Hace unos años, cuatro para ser exacta, empecé a cuestionarme la figura de la mentira y su repercusión. El valor que le daba mi entorno, por ende que heredé, y el valor que realmente le quería dar. Firme en mis principios, aseguraba ser una persona honesta y pretendía que lo fueran conmigo. Tal vez fue el requisito más implícito que implementé, ya que confiaba ciegamente en que no lo harían. Según mi lectura, no había necesidad de enemistarse con la verdad.
Cuando me enfrenté cara a cara con la mentira de alguien que me prometió durante 30 días estar diciendo la verdad, mi sistema de creencias fue completamente desarmado. Repasé conversaciones, gestos faciales de quien me sostenía la mirada mientras hilaba la mentira más floja de papeles en su haber, confiado en que yo le creería. Pensé: Si mirándome a los ojos logran tomar la decisión de privarme de una verdad en nombre del amor, ¿qué le queda a lo demás? ¿Realmente se escapa de ser engañado? Como si conversar no fuese más que una ruleta rusa, y descubrieras que la bala nunca fue la mentira, siempre fue la verdad.
En aquel entonces tenía 24 años y una ingenuidad que por momentos extraño.
Estos 48 meses de intervalo me llevaron a conversar a diario con estos conceptos, y les fui sacando los colmillos, los cuernos y las garras. Ya no me amenaza como antes la idea de que puedan estar diciéndome algo falso. No deja de ser un miedo, una incógnita, pero no se me pone la piel de punta cuando considero esa posibilidad.
Enumeré mis propias mentiras para entender que yo no era ajena al arma a la que le temía, y que todos mentimos más de lo que pensamos.
Me planteé de qué trata una verdad, para mí y para la otra persona. Encontré que no es la regla; suele ser más la excepción, lo cual la convierte en decisión.
Pocas cosas se comparan con la sensación de estar al volante, con la noción de hacia dónde te dirigís. Decidir, en cualquier contexto, me lleva a ese sentimiento.
No evito la mentira porque sea moralmente correcto, sino que elijo compartir mi verdad con quien veo que le importa. Con quien entiende que no siempre va a ser prolija, constructiva o hegemónica. Con quien considera la posibilidad de que esa verdad le ocasione dolor, porque comprende que en mi libertad de compartir transparencia, doy espacio a su libertad de elección.
El hecho de mentir ejerce corrupción, negocia con la responsabilidad y la consecuencia para que no se presenten en tribunales, y se pueda avanzar a otro caso porque no hubo culpables a quienes acusar. Supone una víctima y un victimario, a diferencia de la verdad, que propone dos pares.
Para estar dispuesto al libre albedrío, primero hay que reconocerse preso.
Ambas condiciones se necesitan para existir, y al identificar el concepto de cada una es cuando nos reconocemos como autónomos para el mayor acto de empoderamiento: la decisión.