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domingo, 23 de agosto de 2026

La excepción y su regla

Hace unos años, cuatro para ser exacta, empecé a cuestionarme la figura de la mentira y su repercusión. El valor que le daba mi entorno, por ende que heredé, y el valor que realmente le quería dar. Firme en mis principios, aseguraba ser una persona honesta y pretendía que lo fueran conmigo. Tal vez fue el requisito más implícito que implementé, ya que confiaba ciegamente en que no lo harían. Según mi lectura, no había necesidad de enemistarse con la verdad.
Cuando me enfrenté cara a cara con la mentira de alguien que me prometió durante 30 días estar diciendo la verdad, mi sistema de creencias fue completamente desarmado. Repasé conversaciones, gestos faciales de quien me sostenía la mirada mientras hilaba la mentira más floja de papeles en su haber, confiado en que yo le creería. Pensé: Si mirándome a los ojos logran tomar la decisión de privarme de una verdad en nombre del amor, ¿qué le queda a lo demás? ¿Realmente se escapa de ser engañado? Como si conversar no fuese más que una ruleta rusa, y descubrieras que la bala nunca fue la mentira, siempre fue la verdad.
En aquel entonces tenía 24 años y una ingenuidad que por momentos extraño.
Estos 48 meses de intervalo me llevaron a conversar a diario con estos conceptos, y les fui sacando los colmillos, los cuernos y las garras. Ya no me amenaza como antes la idea de que puedan estar diciéndome algo falso. No deja de ser un miedo, una incógnita, pero no se me pone la piel de punta cuando considero esa posibilidad.
Enumeré mis propias mentiras para entender que yo no era ajena al arma a la que le temía, y que todos mentimos más de lo que pensamos.
Me planteé de qué trata una verdad, para mí y para la otra persona. Encontré que no es la regla; suele ser más la excepción, lo cual la convierte en decisión.
Pocas cosas se comparan con la sensación de estar al volante, con la noción de hacia dónde te dirigís. Decidir, en cualquier contexto, me lleva a ese sentimiento.

No evito la mentira porque sea moralmente correcto, sino que elijo compartir mi verdad con quien veo que le importa. Con quien entiende que no siempre va a ser prolija, constructiva o hegemónica. Con quien considera la posibilidad de que esa verdad le ocasione dolor, porque comprende que en mi libertad de compartir transparencia, doy espacio a su libertad de elección.

El hecho de mentir ejerce corrupción, negocia con la responsabilidad y la consecuencia para que no se presenten en tribunales, y se pueda avanzar a otro caso porque no hubo culpables a quienes acusar. Supone una víctima y un victimario, a diferencia de la verdad, que propone dos pares.

Para estar dispuesto al libre albedrío, primero hay que reconocerse preso.
Ambas condiciones se necesitan para existir, y al identificar el concepto de cada una es cuando nos reconocemos como autónomos para el mayor acto de empoderamiento: la decisión.

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